PoeSite (principal)

  1. Aggelos
  2. Muerte es ...
  3. Sed de Amor
  4. Terpsichore
  5. La Dama del Lago
  6. Viera
  7. Tabú de Luna
  8. Aurora
  9. Entre la avidez del cielo ...
  10. Murió la noche en sus brazos ...
  11. Noche de tormenta
  12. Verlaine y Rimbaud ...
  13. Extraños
  14. El pincel, ...
  15. Noche de Luna
  16. Amor Brujo
  17. Pozo de estrellas
  18. Luna de estío
  19. 1789



Enrique Sacanell
(Badajoz,1965).
Técnico de Empresas y Actividades Turísticas, cursa el segundo ciclo de la Licenciatura de Humanidades.

Ha participado en diversos recitales en Madrid y Paris, siendo amadrinado en 1989 por la escritora Rosa Chacel, y en varias exposiciones pictórico-poéticas en Francia y España como fruto de su colaboración con la pintora francesa Marie Claire d'Armagnac, cuya obra se expone en Paris, Nueva York y Osaka.

La prensa francesa (Sud-oest, Premiere...) lo calificó como "le Rimbaud de notre temps". En 1995 obtuvo el premio Villa de Paris - Île de France, Eure et Loir de la Sociedad de Poetas y Artistas de Francia por el conjunto de su obra poética.

Colabora con la Revista de Historia Contemporánea de España "Aportes" y es autor de una biografía del general Sanjurjo para la Editorial La Esfera de los Libros.

Enrique Sacanell

| el autor |



Aggelos

Desgarra, el Angel, su bella túnica;
noble, semidesnuda, la vida,
en el arcano lecho de la muerte,
juega, cual lesbiana,
al arte del amor...

Alza el vuelo, se posa sobre el nicho,
de la mujer arrastra el cuerpo inerte,
ánfora rota del gotear del tiempo,
lejos de la ira del dios vengativo...

y oculto, tras la sombra de la luna,
altivo, rebelde, ajeno al mundo,
besa, contempla, acaricia sus senos...

posee, maldice, evoca la carne.
Luego, ebrio de sed, desciende al infierno
y sueña con el abismo del deseo.




Muerte es cuanto vemos al despertar.
A lo que nunca llega a su ocaso,
¿cómo podría uno ocultársele?




Sed de Amor

La cima, el cielo, lo inaccesible,
el valle, el infierno, la escoria,
y sed, sed de amor...

emergiendo de los sueños,
desvaneciéndose en las sombras...

¡Sed de amor!
Mi corazón espera ahogarse
En el pozo sin fondo de tu alma.




Terpsichore

Alza tus ojos a las fugaces estrellas
que la obscura cripta iluminan
y del firmamento se arrojan.

Los sueños, la tempestad, las rocas,
las acompañan en las eternas horas,
mientras se posa límpida la nieve,
sobre las arremolinadas hojas...

como se posa acaso la vida
danzando para la muerte.




La Dama del Lago

Junto a la columna,
nenúfares abiertos,
sobre las aguas tranquilas,
mecidos por el viento
y tristemente hermosos...
Nimué.




Viera

El vetusto monasterio se elevaba
al borde del camino
que conducía al bosque.

Sus muros de piedra
aparecían adornados
por el pincel,
a veces melancólico
de la umbría...

y el paso de los siglos había ido cincelando
el monástico edificio
con un algo indescriptible que infundía al extraño
respeto y temor.

El sendero, cubierto de polvo,
se perdía en el horizonte.

La plegaria,
reducida a la vana repetición
de los sagrados textos...

El severo semblante del prior...
La lasciva mirada de los monjes más viejos...

En cada rincón de la abadía,
la cruz diabólica.

Aquella noche, el bosque,
parecía animado.
El viento frío, del crudo invierno,
azotaba las ramas desnudas,
blancas de las primeras nieves.

Viera tembló.

Dejó de escuchar el tintineo
cristalino del agua
al pie de la fuente.

Sus bellos cabellos grises
se confundieron con el velo
pesado de la niebla
al perderse en la espesura...

El miedo, la oscuridad, la huida...


Viera cayó tras el estruendo maldito.
La muerte en sus curvas salvajes.
La hora temida.

Al borde del camino
No hay cruces ni estelas
Que su memoria recuerden.
Un árbol, viejo y partido,
abraza la tierra;
seco y enjuto se alza
hacia las alturas.

Perdidos en el monte
aúllan los lobos.
Aúllan los lobos
en la hora bruja.




Tabú de Luna

En el viejo café,
lugar de encuentro de artistas varios,
una mujer, espléndida ella,
se afanaba en revivir los días pasados
de su juventud desvanecida,
dibujando sus curvas,
la obscuridad y el silencio
para, tal vez, naufragar
en el mar agitado
donde se ahoga el deseo

Tabú de Luna.


En el viejo café,
destartalado escondite
de absurdos misterios
no se encontraba
sino penumbra y tedio.

Un tenue haz de luz
Desgarraba las sombras
Dejando adivinar el eterno
Contrabando de miradas,
El furtivo desenlace de un nudo
Entre claros y oscuros.

Cuarto menguante.


En el viejo café,
Cuna de hijos y amantes,
De irrisorios seres
Y atroces muñecos,
Afloraban risas y lágrimas
Fustraciones y anhelos...

Luna nueva.


En el viejo café,
se apagaron las luces.
El viento frío
del desalmado invierno
azotaba las almas desnudas...
la pasión de la farsa...
el errar del tiempo...

Cuarto creciente.


Bajo la palidez helada
de los astros
del mudo silencio
al eco de unos pasos.

La bella mujer,
borrachera y desencanto,
tortura y celos,
sintió, breve como un grito,
en sus entrañas el miedo.

Bajo el pliegue de locuras
que invitaba al desenfreno:

Planteamiento, nudo y desenlace

Luna Llena.




Aurora

Radiante te elevas en el horizonte del cielo,
Atón, tú que vives desde el principio,
tu vagas en las alturas y llenas el mundo
de tu belleza.
(Amenofis IV)

El astro rey
que vivifica y fecunda;
el arquero celeste
que lanza sus dardos de oro
al espacio etéreo;
el héroe de la vida efímera
que nace con la aurora
para ser devorado
en la hora del crepúsculo
consumido en la hoguera
que le inflama...


El cruel verdugo de Afrodita,
la diosa de la belleza y el amor,
que encadenada como un reo
a la fuente de la vida,
contemplará su imagen
en las ondas cristalinas
que ni siquiera con los dedos
alcanzar podrá,
para perecer presa
de la sed y el sufrimiento...


Ella enseñó al ignorante
a distinguir el orto del ocaso,
tomando la forma del sol y de la luna...

Para contar las innumerables estrellas
que en la obscuridad brillan
inventó los números
y alzó al hombre
sobre todas las cosas
para que de la tierra guardase
el cuerno de la abundancia.


El altivo mortal
será castigado
por luchar contra los dioses
y arrancarles sus secretos,
por usurpar el dominio
del que son dueños
las aguas, los vientos, la tierra,
el fuego y los astros,
y abrir la sagrada puerta
donde el reloj que marca las horas
de la misteriosa existencia,
no debe ser profanado
por la mano del bruto.


Desterrado del edén
caminará solitario y errante
huyendo del destino
que aguarda al árbol seco,
a manos del leñador

que habrá de procurar
la trágica llama
de una nueva, mortal y divina aurora.




El más bello de los ardides del diablo,
Es persuadirnos de que no existe.
(Baudelaire)

Entre la avidez del cielo
Y la sed de la tierra
Se rebeló.

Vertió su sangre y germinó
La hiedra venenosa
Que estrangula la esperanza
Y da vida a la inquietud...

El mal que inmortaliza al hombre
Y bebe de sus pasiones.

"Aimer tout savoir,
vouloir tout dominer",

incluso, si se sucumbe
al abismo del deseo.




Indiferente es principio y fin
En el contorno de un círculo.
(Heráclito de Efeso)

Murió la noche en sus brazos
y el despertar de nuevas auroras
cubrió sus alas desnudas
llenando su cuerpo de trazos...

Exhaustos tras sus naufragios,
venciendo del océano infinito
la distancia que les separa,
sintieron sus labios partidos
de tanto morder sus palabras...

y al emanar del pozo, el oscuro deseo,
cesó el sordo, maldito silencio
al tiempo que se decían,
susurrando, cual dos ángeles caídos,
nos amaremos, sí,
una vida tras otra.

Luego, soltaron sus manos
y se dijeron adiós.




Noche de tormenta

Ruge la tormenta,
en la noche;
grita despavorida
huyendo de su cruel suerte,
aterida,
como un lobo moribundo.

Ruge furiosa la noche,
bella y mortal;
tan ajena al amor
desvela sus sueños,
para no adormecerse sóla.

Ruge atormentada la noche,
llora tu ausencia,
pronuncia tu nombre.




Oye madre, mi último deseo:
Una hoguera has de encender.
Abre mi pequeño mausoleo,
y a los que aman déjalos arder.
(Goethe)

Verlaine y Rimbaud
Abrazados en odio carnal,
Cual insaciables vampiros
Ávidos de sangre y locura.

El aciago orgullo que al genio hiere...
La historia imposible, estéril, oscura,
como una noche sin luna
que en la memoria muere.

Ninguno sabe que ha vivido
para la pluma de un poeta
que halló en sus tumbas el prohibido
amor que esbozaron en secreto
y los sueños que el tiempo deshilvana.




Extraños

Una hebra de pelo,
una gota de agua,
un copo de nieve...

siempre serás así de pequeña
como un grano de arena
perdido en la inmensidad.


Una palabra vacía,
una frase estéril,
un pensamiento,
mejor un sinsentido,
un beso escondido,

siempre serás una estrella fugaz,
una noche sin luna.


Un sueño imposible,
un abismo insondable,
un poema inacabado,
una partitura inconclusa...

siempre serás así de pequeña,
como una fracción de un segundo,
colgada en la eternidad.




El pincel,
se ha detenido en el aire,
sobre el lienzo inextricable
de infinitos matices.

El pintor
se ha detenido a contemplarlo
mientras se apresta
a evocar la vida.

De su paleta han surgido
formas, sombras, colores;
las imágenes donde adivinamos
una mirada misteriosa,
el boato de una corte,
los mantos y la sangre.


De su pincel han surgido
aceitosos pigmentos
que una fuerza oculta,
un mágico engaño,
convierte en rostros, árboles o corceles.

Aquí estoy yo, Felipe IV,
de la Casa de los Austrias,
aquí estaré por los siglos
viendo cómo se extingue mi sangre,
cómo se derrumba mi imperio,
observando impotente
cómo suplantan mi trono.

Rojo capote.
Negro toro.


Yo, poeta borracho,
me he atrapado a mí mismo
y a la Infanta y al perro y a la enana
en el reflejo inconstante de la tela.

Yo, poeta de reyes,
bufón de este juego de espejos
también me adivino
retratado, ungido,
en el óleo de los misterios.

Dentro del cuadro se aprecian
todas nuestras figuras.
Se podrían leer todas nuestras historias
incluso aquellas insospechadas
de los hombres que no fuimos.




Noche de Luna

Noche de luna,
sobre tus ojos,
luna de lobos.

Noche de luna,
luna de locos,
sombras heladas,
acarician tu alma...
las lágrimas del ayer.




Amor Brujo

Podría beber la noche en tus ojos,
de esmeralda lunar;
descender a los infiernos
en un abrazo triste y lúgubre,
hasta que las estrellas cayesen de mañana,
como lágrimas ensangrentadas
y guardar, así,
el secreto de tus labios
en el silencioso altar de la muerte.




Pozo de estrellas

Entre los desfiladeros
el suspiro próximo
del abismo
y sus gargantas escondidas.

Voces que retumban
cual acordes de órgano
donde el vértigo es ya
una droga necesaria
y el umbral
donde el placer es doloroso
se ha cruzado.

Allí en vano grites
a las fulgurantes estrellas
pues en la obscura cripta
del firmamento
tu voz se perderá resonando.

Ni alentado por verlas relumbrar
sobre las aguas
arrojes flechas incendiarias
del oscuro cielo al negro mar
pues condenadas están a extinguirse
más allá de ese mar
y sus lugares sagrados...

Tras los bastiones derruidos
de la realidad.




Luna de estío

Camina semejante a la noche,
vestida de silencio.

Luna pálida del estío
que por el cielo vagas
serena y errante.

Yo te dedicaré
versos de amor y sufrimiento.

Camina, pues,
camina y duerme
en la espesura de estrellas.

Yo seré tu guardián,
Yo velaré tu sueño.




1789

En aquél tiempo,
como una tumba,
se alzaba la fortaleza.

Las aguas del Sena
reflejaban su belleza
fría y cruel.

El más pequeño guijarro
arrojado al río
enturbiaba, por un instante,
la tiránica visión.

Tras sus murallas,
la fragilidad del tiempo
Tinieblas.


Lejos de los jardines de palacio...
el París de calles estrechas...
de edificios miserables...
de luces temblorosas
que arrojaban vagas penumbras.

El resplandor gris del atardecer
sobre la plaza de la Concordia...
el vil clamor de los hombres...
la actitud vengativa
de mujeres desarrapadas...

La luz era suave.
La sangre era roja.

Enrique Sacanell
enriquesacanell@hotmail.com joldan


Lo más reciente en PoeSite Página principal de PoeSite