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RICARDO COSTA Es docente y reside en la ciudad de Neuquén, Patagonia Argentina. Obras publicadas: Árbol de tres copas (1988); Casa mordaza (1990); Homo dixit (1993); Teatro teorema (1996); Danza curva (1999); Veda negra (2001) y Mundo crudo.Patagonia satori (2005).

Algunos reconocimientos: Bienal Argentina de Poesía 1991; Concurso Premio Plural, México 1992; Becas y Subsidios a la Creación Artística-Fundación Antorchas 1995; Premio Fondo Nacional de las Artes 1998; Tercer Premio Conc. Iberoamericano de Poesía Neruda, Chile 2000 y Conc. Poesía en Tierra. Fondo de Cultura Económica-Centro cultural de España 2004.

Ricardo Costa

| El Autor |



Selección de textos del libro Mundo crudo: Patagonia satori Ed. Limón, 2005

COPIA FIEL

No fueron suficientes las piedras que recogí
para marcar este territorio.
Además, la madera que señalaste guardar para el fuego
nunca calentó el hogar y la cama continuó tan blanca
y abierta como hasta ahora.
Todo este trabajo fue en vano porque los días continuaron
envejeciendo en sí mismos.
Pero lo que resultó verdaderamente inútil
fue el animal que me ordenaste domesticar:
esta bruta representación que come de mí
para alimentarte cada noche.
Después de la luna comienzo a dar vueltas en redondo
y golpeo ceremonialmente el lomo contra los bordes.
Así voy al apetito de mi memoria donde hay un día
idéntico a éste, un día con un tipo contando las piedras
apiladas junto a la leña, al mismo tiempo que acaricia
a un animal cuarentón que habla raro
y que dice resultarle familiar
tu voz cuando te escucha.



HORA DEPUESTA

Una aproximación a la verdad
es el pollo que gotea colgado de las patas.
Más abajo, el batir del agua caliente
contornea el vapor que trepa
entre espirales blancuzcos
para que la crudeza del ave
se empape a razón
de una desprolija combustión
que ha comenzado a dorar su espíritu.
A unos pasos de allí, la cocción despiadada
de muslos y pechugas no perturba
ese otro vapor que emanan
nuestras carnes desnudas.
Más tarde, consumido el trámite de almuerzo
y mutua devoración, queda una certeza
que demora el ánimo de las partes
cuando el entorno adormece
el aroma de las luces.
Ver el fuego apagado, ver los huesos molidos
en la basura y ver la cama revuelta bajo tu cuerpo
es una provocación a la desmesura de lo efímero,
a lo poco que puede tentar una verdad
cuando lo doméstico se resume
en la volátil ceniza del mundo
y nuestra existencia es como esa última
gota de grasa que cae sobre el carbón,
como esa última gota de tiempo
que nutre la espera
y hace de la distancia
una mentira posible.



LUZ NEGRA

Como nudos trenzados por los dedos de sus manos,
con el aire abocanado en un beso que se fija cada vez más
en el vaivén que acompañan los cuerpos durante una tarde húmeda,
la pareja arruga la ropa de cama hasta batirla por los pies.
Cae el acolchado arrastrando los vasos de la mesita.
Los golpes de vientre colman de crujidos la cabecera de cedro
contra la pared.
Monta la hembra y su cabello es una nube turbia que goza
en el ondular caliente de la entrega.
Se amarra a los lados y se hunde en una brutal aceleración de la carne,
la que entra a buscar la gloria de una muerte conjunta;
la que habrá de extasiarlos hasta la perplejidad más absoluta.
Empujan salvajemente.
Cae la lámpara.
Astilla el jarrón.
Arde en alaridos la voz de una súplica que los arroja al suelo.
Él sobre ella y los muros acaban.
El techo se viene entero y el panorama se desata en un torrente
de restos mínimos, en una desolación polvosa del silencio
que cabe en la boca de ella: abierta, ahogada, vacía,
como la pausa que expande la luz
después del final.



VUELO ABIERTO

La mecánica natural del alma
hace que las pequeñas miserias
se conviertan en el riego natural del ojo.
Gota a gota trabaja la tristeza mientras el llanto
activa cada parte, cada minucia ordenada
en la memoria del dolor.
Entonces viene tu abrazo, tu súplica,
y el llanto avanza, transforma tu pérdida
en un sufrimiento líquido.
El ojo se cierra y la gota viene a colgarse de tu nariz.
Cae, y antes de estrellarse, forma en el aire un mundo
ausente de nosotros; un mundo transparente
que alcanza a brillar, a sacudirse como si estuviera vivo,
a reflejar dos rostros sorprendidos que no comprenden
cómo la naturaleza puede perder algo tan bello,
tan perfecto a la hora de reventar y que no los contenga
en cada astilla de agua que vuela cuando se abre.



SOLO POLVO

Minúsculo el espíritu palpable
de aquello que en su génesis fue piedra
para luego evolucionar en su forma más volátil.
Flota el polvo cuando nos arrojamos sobre la cama.
Esparce todo su universo microgranulado
hasta depositarse sobre tu cabello.
Así, coronada por el alma de la Pachamama,
vas cayendo contra mí en tu versión más liviana.
Entonces comienza la danza carnal,
la del polvo entre los cuerpos que sudan,
la que se evapora entre el frote barroso
de los muslos.

Deslumbra esta forma ya extendida en su plenitud.

(Es una calma plomiza la del polvo reposado)

Aunque bastaría un soplido seco, un compacto empuje
del aire contra tu pelo para que todo termine,
para que el mundo se torne impalpable;
como el impacto brutal entre dos piedras
que mueren una y otra vez
en su forma más volátil.



VISITA GUIADA

Único monumento capaz de merecer el más alto de los sacrificios.
La versión actual no ha variado sus antiguas formas
ni perdió la devoción de los eternos adoradores
que entregaron familias enteras, reinos, imperios,
por lograr uno sólo de sus favores.

Dos columnas perfectas sostienen la abundancia que ofrece
a quienes entran por primera vez, a quienes entienden
que la imponencia de su arquitectura es más que un don gratuito
/ de la naturaleza.
Es casi un gesto del arte que procura poner en evidencia
la pequeñez del hombre ante la presencia divina.
Pero esas dos columnas y ese frente prominente
jamás fueron modificados.

Sin embargo, es original y universal en cada réplica
que invade con sus vestiduras este mundo.
Sus columnas abiertas, monolíticas, blancas y morenas,
son suaves y embriagadoras al tacto visitante.
Su frente palpable y maternal es la desnuda versión
que ha conocido media humanidad a través de la carne.
Es casi la derrota del pecado por el pecado mismo.
Es toda la opulencia monumental expuesta en una sola
pieza modelada por antiquísimas curvas.

Esta noche, he llegado una vez más ante sus puertas
para contemplarla dormida en mi cama
con todo el frontispicio y los relieves de su arquitectura
dibujando la perfección absoluta
en un solo cuerpo desnudo.

¡Oh, Diosa! ¡Oh, Musa!
¡Canta la cólera del hombre empobrecido ante tu sexo,
obediente a la divinidad besable de tu boca gótica,
renacentista, barroca, moderna y posmoderna,
por los siglos de los siglos!

Ten piedad de mí.
Cúbrete un poco el rostro.
No sea cosa que me vuelva y tu cuerpo sea una sólida
pieza de sal y mi corazón agua, mucha agua.



ODISEO HOUSE

Deja de ser él cuando entra en la casa.
Es otro al abrir la puerta y reclamar por alguien
que no se encuentra allí esta noche.
Unas pocas partes de luz reposan en el pasillo, en los cuartos,
en la cocina que mantiene un fuego bajo junto a la cafetera.
Cierra la llave de gas y sólo escucha un mundo vacío.
Sin embargo él y esa ausencia conforman un todo
que se detiene en el más absoluto silencio.
Una vez, sentado en ese sillón y agotado por la fiebre, le escribió
una carta a su padre muerto y recorrió una vida que desconocía
a través de la palabra.
El invierno pasado, mientras peinaba a su hijo en el baño,
vio por la ventana al mundo purificándose bajo la nieve.
Ahora nada de eso es real y todo sigue registrándose
en la letra chica de su historia.
Lo triste es que por debajo de la mesa del comedor
el perro se sacude la modorra y viene hacia él
moviendo la cola.
Aunque uno haya entrado una vez más a la misma casa,
alguien nos reconocerá como venidos de un viaje lejano,
y eso no siempre es bueno cuando se comienza a creer
que lo sucedido ya no existe.
Pero el perro le lame la mano y ese reconocimiento del mundo
lo apena, lo deja tan expuesto como la puerta que vuelve
a abrirse para que una mujer entre , pregunte por él
y no obtenga más respuesta que una voz
pronunciando su nombre desde un lugar antiguo
que no muere.



OJO RASO

La frágil fibra del ser, la más líquida del ojo,
acompaña el trabajo raso de la plancha
sobre la ropa húmeda.
El vapor sopla su gordura y la mirada se alza
entre la bruma para buscar el vestigio
más delgado de la noche.
Por allí pretende fugarse la memoria del alma,
por esa fisura oculta, la que debería explicar
el misterio de esta pregunta doméstica.
Pero el que observa entiende que no hay visión
perpleja del mundo.
Entiende que existe un mundo ciego que se aterra
de lo que no puede ver y vuelve sobre sus pasos,
así como la palabra también se arrepiente
y borra su propia escritura hasta dejar al lenguaje
/ desnudo de sentido.
O tal vez sí exista una memoria que perdure
más allá de la naturaleza del alma y la sobreviva,
así como el ojo que es abrazado por el párpado
nunca olvida el camino de lo que ha visto.

Ricardo Costa
kuervocrudo@jetband.com.ar joldan


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