Piecitos de hambre
piecitos de niño
Piecitos humanos
pequeños y ufanos
pidiendo mojados
tocando mi mano.
Descalzos de amor
y llenos de espanto,
De miedo
De asfalto.
De sangre
Y de llanto...
L. E. Muñiz
PoeSite (principal)
¿qué has hecho?

Padre, si tu mano
fuese gentil
en estas horas...

Ayúdales.
Míralos. Miles,

recorren el camino
de sus muertos.

Cómo no llorar
sus lágrimas.

Cómo no ser ellos.

Cómo no buscar sus hijos.

Los tuyos, los míos.
Los nuestros.

Y cómo no decirte,
Dios mío, Padre.

¿Qué has hecho?

A modo de presentación



Eres la costumbre del crepúsculo
que cae sobre las tardes de otoño.

La sombra del silencio manso
que recorre las mañanas del parque.

Ahora eres todo el espacio. Interno
a las cosas que rodean mi mundo.

Pequeño.

Quien era yo,
quien era.

Antes de buscarte en cada momento.

Antes de ti,
antes de tu sombra.

El eco triste
de un amor abandonado.

En la mitad de la noche
mi alma pregunta si te amo.



He de enamorate
aún en la distancia

La soledad se acongoja
al sólo murmuro de tu nombre.

No me posee ya, no pertenezco
más que al deseo

quimérico, radiante.
Encendido.

¡Qué poderoso es el recuerdo
de lo que no ha sido!

"La Quimera"
(febrero, 2005)
Página anterior

  1. Vuelvo
  2. Quiero pensarte
  3. Primavera de escarcha
  4. Hora de amarte
  5. Verte es invocar
  6. Qué cielos contemplas
  7. Quisiera contarte
  8. Yo creo en la Libertad
Poemas para un amor ausente

Lucía E. Muñiz: belleza y sentimiento, de la mano con una técnica intuida que se perfecciona palabra a palabra.

En una pequeña hoja de papel blanco, un recorte cuadrado de esos que usamos para escribir notas y recordatorios en la oficina, copié uno de los poemas, el más corto, diría, de los escritos por Lucía. Se lo di a leer a la primera persona conocida con quien tuve la oportunidad de conversar mientras tomábamos un café. Vi que lo leyó con interés y, al terminar, pude notar algo parecido a una lágrima reprimida en su intento por conocer el mundo exterior. ¡Ah!, la voz universal de los poetas que cuando creen que cantan sus alegrías y tristezas no hacen sino repetir los gritos silenciosos del mundo entero.

En otro papel de igual tamaño, había copiado un poema de un excelentísimo poeta tomado al azar de un libro de mi biblioteca. Se lo di a leer y al terminar me dijo "no lo entiendo" y agregó "mira, yo no soy buen juez en esto... no leo poesía porque no la entiendo". "Pero, este poema te emocionó -repliqué, señalando al primero- pude notarlo" y terminó diciendo: "Sí, pero eso no es poesía, es un fragmento de vida que puede ser la tuya, la mía o la de cualquiera". Hay, sin duda, una cierta diferencia entre la palabra estática, la que tiene igual significado para todo el que la lee y la palabra viva que se adueña del alma del lector reescribiéndose en cada uno cada vez.

"Con buenos sentimientos se hace mala literatura" (¿Heidegger? ¿Gide? ¿Gide parafraseando a quién-sabe-quién? ¿Heidegger parafraseando a Gide?). No es mi intención "desmenuzar" la frase ni tampoco citar a nadie -sería reconocer que "nadie" tiene más razón o sabía algo que nosotros no sabemos-; sólo me referiré a ella para decir que sin sentimientos -buenos o malos- se hace demagogia, discurso, retórica, campaña publicitaria y si a ello añadimos técnica (siempre asumiendo la ausencia de sentimientos "buenos" o "malos"), lo que obtenemos es alimento para el oficio del crítico que es crítico porque de eso vive, pero ¿eso es poesía? ¿qué es literatura? ¿quién decide cuándo la literatura es "buena" o "mala"? ¿Bajo qué parámetros objetivos?. Discútalo quien quiera discutirlo. No entro en la discusión: sin sentimientos -buenos o malos- no hay poesía.

El poema no lo hace quien lo escribe ni quien lo juzga, ya sea objetiva o subjetivamente, sino quien lo lee y, más que "quien lo lee", quien lo intrepreta y después de interpretarlo lo aprehende para sí mismo y lo conserva como parte de su memoria (lo cual nada tiene que ver con recordar cada uno de sus versos sino con conservar su esencia, el mensaje, la vida de cada imagen recibida cómo si más que un poema leído fuera parte de la historia personal). A veces sucede, incluso, que el lector convierte en una joya aquello que para el escritor no era más que un pedazo de carbón que se le cayó del saco en algún rincón del camino y ya no importa lo que quiso decir el poeta sino lo que el poema dijo al lector.

Para presentar a Lucía -o más bien para que nos hable de Lucía-, me basta, pues, el más corto (que no el más pequeño) de todos sus poemas (aquel que todavía llevo escrito en uno pequeño papel cuadrado, doblado entre el teclado y la pantalla de mi vieja "Casio Digital Diary SF-4300R):

Cuando todo en mi
se quiebra al verte
Cuando mi cuerpo es esclavo
de tu memoria inerte
Cuando el suplicio de amarte
es igual a vida,

poesía, mi amor
es igual a muerte.

Ocho versos cortos: la cantidad estrictamente necesaria, sin más longitud que la estrictamente necesaria ni más adornos que los estrictamente necesarios, -en un lenguaje cuya comprensión no necesita alardes de erudición ni visitas al diccionario-, para formar un todo en que la Lucía-mujer se sintetiza como mujer y la Lucía-poetisa nos entrega su intimidad para que la guardemos junto a nuestra propia intimidad. Esa será, en todo su hacer poético, una constante: síntesis, claridad y libertad para entregarse en el decir, sin ningún tipo de reservas.

Este es el prólogo más anticipado que se haya hecho a un libro (el que necesariamente habrá de imprimirse más tarde o más temprano, aunque, una vez impreso, no contenga este texto por ningún lado) y la más tardía de todas las presentaciones (cuando ya sus poemas, aún inéditos, han hablado tanto que cualquier presentación que yo pueda hacer es absolutamente innecesaria); en cualquier caso, aquí queda, para ti, Lucía, mi saludo y mi reconocimiento.

José Luis Dasilva.

Caracas, noviembre,2005

Lucía E. Muñiz


 

Página anterior
.   El amor esta hecho de silencios.

Este que existe entre tu piel y
la mía.

Es una sombra,
un soplo del tiempo.

Amor es una simple conjunción de biografías.

Ahora lo sé. Ahora que reconozco
tu tierra como la mía.

El amor hace transparente el pasado,
y lo vuelve un vitral de reflejos,

paralelos y multicolores.

Somos como una tarde de febrero de una dimensión imposible.
Esa que jamás viviremos.




Yo creo en la libertad
y la voy gritando.

Libertad hecha a grito de libertad
a viva voz, en cada segundo,

hecha del quebranto puro del alma
bañada de sudor; libertad

desgarrada de historia y de locura.

Libertad hecha de alma de poeta
que canta sin razón, donde la palabra cae.

Derribando paredes, arrastrando verdades
allí donde no se conoce verdad ni realidades.

En la tierra árida o en la tierra húmeda,
donde manda el caudillo rural o urbano,

Allí, ¡Libertad! Libertad en cada tiempo,
en cada segundo, en cada momento.

Porque la historia es más que historia.

Es el fuego en donde se forja
este grito tribal y absoluto.

La libertad es para vivir y morir sabiendo
que no existe otra cosa más que ser libre.



Quisiera contarte.

Ahora vivo cerca del cielo.

Termina Marzo.

Y te amo.

Ah, sí; te amo.

Resulta incomprensible
el amor a la distancia.

Por eso el cielo.

Y el silencio.

Las luces de la noche
hacen mi amor aún más lejano,

como la vida que nunca será mia.

Nunca.

Porque comienza Abril
y no he sido.

Cómo ser sin tus ojos.

Vivo con la lentitud de los muertos.
En el eco de las vidas de los otros.
y en tu nombre, que repito
como una letanía de lo ajeno.




¿Qué cielos contemplas
esta noche?

La tarde se ha ido,
llevándose tu sombra.

Una estrella se asoma;

te nombra.

La noche te trae.
Y te retiene.

En este lánguido silencio
el recuerdo de ser uno.

Me sostiene.



Verte es invocar
al dios de los suspiros

Alto en lo inexpugnable
tu esencia me contempla

Me incita tu palabra
y me reta a batalla

La arena de mi lucha
es la simetría de tu cuerpo

Lucho y pierdo
en las noches de invierno

Desenvaino el recuerdo
como la última de mis armas

Retrocedo y descanso,

en el recodo del frío
de tus manos y tu alma...

Y me rindo a la realidad
en busca de la calma.



Hora de amarte

El silencio y tu voz
convocan al tácito
ritual del deseo.

Enséñame el camino
al límite perfecto

que separa el gozo
del dolor y la locura.

Cierra los ojos
deslízate conmigo.

Llévame al segundo
en donde muere el tiempo

y el gemido.

El tuyo.

El mío.



Primavera de escarcha
y reminiscencia.

La tierra infinita.

El aroma a lluvia
que cultiva un verso

en el alma.

Amo esas primaveras húmedas
del parque Rivadavia.

El sol que se desgaja,
mientras paseo en las tardes

entre la majestuosidad de los árboles
que empequeñece mi vida.

Aún estarán allí, cuando mi
tristeza y yo hayamos partido.

Palpitarán las palabras
que murmuré entre sus hojas.

Y guardarán el secreto.

Sólo ellos saben. Mis árboles
las flores, los pájaros

y sus bemoles.

Que mi alma solitaria,
busca el último consuelo

en la profundidad de sus viejas raices.



Quiero pensarte.

Mas allá de mi.

Como si aun
estuvieras.

Alto.

Sombrío.

Taciturno
como la noche.

Recostado en
aquella ventana

la que da frente
al parque.

Para volver
y tocarte.

Desnudando tu secreto.

Rendida ante el aroma
infinito de tu cuerpo.



Vuelvo,
desandando caminos,

Vuelvo desde la distancia
desde el tiempo.

Vuelvo.

A la esquina del barrio,
a la vuelta de la panaderia
bajo los arboles torpes,
que luchan en la esquina

vuelvo al amor ardiente de Santa Fé
en enero, donde el sol señorea

las calles silenciosas de cuarenta grados.

Me vengo desde el norte, y las casas ordenadas
vuelvo porque no soy mas de aquí,

soy sólo de tu alma,

vuelvo para abrazarte en cada esquina
en todas, y en la mía.

Vuelvo porque desde tí,

no sé más que volver
y volviendo deshago y hago camino.

Vuelvo a lo tuyo y a lo mío.
A ser, a vivir y a morir como uno.

Para siempre. A tu lado.

Vuelvo.




Lucía E. Muñiz
lucia.muniz@gmail.com

joldan
Lo más reciente en PoeSite Página principal de PoeSite