Juan M. Carrasco D.

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CARNOCIOSIDADES


I

revivo el fragmento tecnológico, inerme sufre sobre mis toros lidios la soledad, luego del sexo en un cuarto azul. mi vista recupera poco a poco su ansiedad griega en un pozo sanguinolento de carnes sabanícolas que en desacuerdo huyen de dios; esa carcaza maniquea o a la vez imprecisa férula exquisitante.

maquino hoyos a Rimbaud.

II

asceta miré los brazos plagiar cantares a los cielos, cemento apolíneo se derrite ante su presencia de humos, aborígenes, inciertos… esos brazos -¡allá van! -dije -¡se les escapan efímeras nubes -barbas de dioses- a través de los huecos de bloques infernales! ¡resisto!

… las nubes se fueron turbando cantares de hombres, en caparazones de gatos muertos, con vida aliciente y en piedras motoras. escuché esa mañana a Zarathustra decir que el Zend Avesta apestaba a los huecos mitológicos de la perdición.

nunca le entendí bien, por supuesto que menos ahora.

III

mesiánicos ruidos aturden mis narices experimentadas en las manos de rugientes mujeres-locura; amo extraerles gritos capríneos en medio de la luz de lo oscuro, que canta mil veces mi ritmo sincero de inocente campo de ubres.

sentado en las camas de 31.000 Monterrosos hediondos, de rayadas gavetas y baños vítreos, hallaré los amores de puerto, sin barcos ni uniformes bonitos que madres envían rellenos de carne a las bocas mismas de Sirte.

IV

me cansé de pisar -atado de huesos sintientes- los mismos barros,
los mismos clavos de tu cruz, poeta,
siendo así que algunas veces temí ser el demonio de los pobres,
cuando perduran en el aire las extensiones de mi efluvio.
creí por un momento que fui el insecto
que se comió la triste mirada de Kafka;
realmente fue aquella vez que me fui
por los despeñaderos, para meditar mi vuelta
a ese lugar de llamas
donde la fiesta de los milenios hierve como la canícula.
supe por un momento a dónde debía ir,
pero decidí quedarme solo,
pensando un segundo regreso a este infierno,
donde la vida es sólo el recuerdo de un demonio
que medita solitario en un despeñadero.

V

trajinando los modelos, caminando las calles del olvido,
triste me cobijan las gotas del llanto maligno del ángel.
por mí compasión nadie sintió en el fondo de los muladares:
son fríos que calientan nuevas esperanzas de vida.

llevo los pies revestidos de piel ¡oh! ¡esa piel! y el barro agudo,
metido en la vena que atraviesa de largo mi muslo.
sigo en esta vía de vidas grises,
sigue llorando ese ángel; sus lágrimas enfrentan amoríos
con los postes, los cables,
las lámparas, que sonríen su luz y pareciera
se alegraran con mis penas.

antes solía ser torre,
a mi base atracaban severos barcos sensuales,
blasonaban allí fehacientes sus mitos
y acudían miles de aromas…
uno se quedó ayer en el puerto:
alisté mis cañones y lo elevé
-¡35 mil pies de altura!-
para luego dejarlo caer en el Orco vecino de mis penas.

VI

¡excomulgado soy! ¡de los campos soy fugitivo!
una santa inquisición me persigue en mis remansos,
en mis imaginarios desiertos, en mis selvas secas, en mis piernas que sudan
al correr en pos del demiurgo.
cuando era niño fui feliz en el seno de los bloques rojos;
eran sangre los hirsutos hoyuelos en donde moraba una araña
que alimentaba con mis ocios.
¡hurgaba en las gavetas por vida!
necesario era que alimentara a mi araña;
a la araña de todos,
a la araña del mundo.

la noche vistió esos campos
semejando el cráneo desnudo de un dios milenario.

VII

los perros sonríen dentadura gris con señas verdes. empiezo a sentir que me destrozan la carne -reviso mis entrañas- mientras la lluvia golpea el adusto techo de mi casa. las murallas, mis murallas, están tan débiles; me apartan de ese mundo que se moja oscuro, nulo. llueve más fuerte.

empiezo a sentir piedad por las hormigas; dentro de mí una ciudad de lujuria en llamas azules. un templo. mi dios. yo.

VIII

-¡moribundo! -dijo.
-¡tápalo con glorias! -exclamé.
aún vestía la injuria de su vida,
y reía y gemía y latía su mierda
en las manos de Príapo.

XIX

me sueño
en los urinarios
de tu mente
olvido recuperarme
sucio
me sueño

X

yaces los sueños,
-juguete místico-
¿extrañas tu nocturnidad?
eres la voluble cruz
de los desdentados,
cuando los perros
orinan titánicas luchas.

XI

la noche…

la odio, odio la noche…
es como una araña sofista
que asoma sus patas
fuera de los autos
y sostiene paradigmas,
y te hieren con candelabros
de huesos…

… y los días,
poemas transmodernos
llenos de cortaúñas
infectados,
agujas silentes, hipodérmicas,
alegres prostíbulos
de sumisión cotidiana.

Juan Manuel Carrasco Dávila
jcarrasco31@gmail.com joldan


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