José L. Dasilva N.

Al niño sin nombre de aquella calle


Me miras como si fuera
culpable de tu dolor
y ¿qué podría decirte?
¡acaso también lo soy!

Me miras y en tu mirada,
enciclopedia del miedo,
diccionario del rencor,
puedo ver como me juzgas
¡y acaso culpable soy!

Si un lobo ataca mi granja
y aniquila mis ovejas,
¿no escaparé de aquel lobo
cada vez que un lobo vea?
¿No intentaría, por lo que uno me hiciera
exterminar cualquier lobo
que, en mi camino, yo viera?

Peor que lobos. ¡Peor!.
Asesinos de sueños y esperanzas.
Devastadores de futuro.
Destructores del hoy y del mañana.

Y al pasar por tu lado me disparas
sin preguntar, con motivo,
el reproche que se anida en tu mirada
mientras yo, sin motivo, te disparo
el dardo hiriente de mi injusta desconfianza.
Huyo de ti prejuzgando
tu apariencia descuidada.
No me detengo a pensar
que bajo esa capa de tierra
adherida a tus manos y a tu cara,
bajo esa ropa que mal vistes
a trozos, deshilachada
hay un humano que siente
que sufre, que llora y calla.

Hoy te vi -como cada día-
al pasar por esa calle que es tu casa,
tu refugio, tu castigo, tu morada,
el patio de tus juegos,
el aula en que la vida te imparte su enseñanza.

Hoy te vi -como cada día-
sentado en aquel banco de la plaza
encorvado, como si el peso del viento
pudiese más que tu espalda.
Mirabas, sin ver, al suelo;
tal vez a la tierra hablabas.
Vi movimiento en tus labios
pero no pude oir nada.
Te miré. Por un momento se cruzaron
tu mirada y mi mirada.
Tus ojos con los míos tropezaron
y quisieron hablarme
-más bien, ¡sé que lo hicieron!
¡sé que algo me dijeron!-
pero yo no escuché nada.
Noté tristeza en tu rostro.
No vi rencor esta vez en la expresión de tu cara;
había un dejo, quizá,
de quien por última vez
mira a la gente que pasa.
Llovía sobre tus mejillas.
Seguramente llorabas
y no fui capaz de hablarte
¡No pude decirte nada!
Y yo seguí mi camino
y tú quedaste aguardando
el final del sufrimiento,
la libertad que llegaba.

Hoy te vi como cada día
al iniciar la jornada,
cuando rumbo a mi rutina
-repleta de soledades-
por tu calle caminaba.

Volví a pasar esta noche
también como cada noche
cuando voy camino a casa
pero no te vi esta noche.
¡No!, esta noche no estabas.
Vacío estaba aquel banco:
aquel banco de la plaza,
que fuera otrora tu cama
cuando brillaba la luna
y te sirviera de techo
cuando una nube lloraba.
Allí seguía aquel banco
y aquella fuente sin agua;
seguía allí el viejo árbol
pero tú no. ¡Tú no estabas!.

Hay cerca de mi quien dice
"nada falta en esta calle,
al menos, que no sobrara"
y yo, que en silencio escucho,
en silencio permanezco.

¿De qué te sirven ahora
mi pensamiento y palabra?

Vuelvo al papel en que escribo
y no sé por qué motivo
una lágrima a destiempo,
que tal vez limpie mis ojos
pero mi culpa no lava,
se desliza dibujando
los contornos de mi cara.

Y ahora, ¿de qué te sirve?
Tan culpable como todos
me esconderé tras la excusa
de la falta de poder,
terminaré este café
y seguiré mi camino
hacia el hogar en que aguardan
mis niños, una mujer
y unas paredes que el viento,
por más fuerte, no traspasa
pero tu imagen, lo sé,
se hará presente en mis sueños
para alimentar mi insomnio
y hacer mis noches más largas.

Cada vez que muere un niño anónimo en cualquier calle
ponemos un nuevo clavo a la Cruz.


JOsé L. DAsilva N. (E-mail: jldasilva@arrakis.es)

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