De los Cuadernos de un soñador

José L. Dasilva N.

Trabajo de campo (1958)

Quien afirma que no existen amistades sinceras y desinteresadas, sólo está reconociendo su propia incapacidad como amigo.
Quien no cree en el amor, en realidad, es porque no cree en su capacidad para amar

-"Réflex y Onando"-


BOCETO PARA UN AUTORETRATO

(NIETO DE UN CAMPESINO)

Yo no se lo que es sufrir
la falta de lo vital:
nunca viví en la miseria,
jamás pasé‚ hambre o frío;
pero sé‚ lo que es trabajo
porque nací campesino.

Yo no conocí la guerra;
yo nací en otro camino,
en otro lugar del tiempo.
¡No era ese mi destino!
Pero conozco de sobra
los horrores que en la guerra
vivieron los campesinos.

Tuve la muestra en sus rostros,
en las marcas de sus cuerpos,
en tantas madres sin hijos;
en las viudas a destiempo:
en su callado sufrir
porque, mi Dios, no hay quien sufra
como sufre el campesino.

Tuve la muestra en la tierra
que apenas reverdecía
sobre sus propios desechos;
en las frases lastimeras
que los hombres, con dolor,
arrancábanle al recuerdo,
porque el recuerdo es perenne
en el ser del campesino.

Yo nací entre casas viejas:
casas de piedra sembradas
a lo largo del camino,
sobre una tierra cansada
por el pisar de los siglos;
y es que... Es tan vieja la tierra
donde mora el campesino!

Y viví toda mi infancia
entre vetustas paredes
entre el chirriar de las puertas
unido al crujir doliente
de un ya cansado entrepiso.
Humilde casa, es la casa,
donde mora el campesino!

Mi escuela, cuando tuve edad,
o, tal vez, un poco antes,
fue la escuela de aquel tiempo
en cualquier pequeña aldea:
una casa de las tantas,
de aquellas casas de piedra;
tan vieja como el propio hogar,
tan humilde como aquella
Porque, también es humilde
la escuela del campesino!
pero más humilde aún
es lo que, en ella, se enseña.

Y fui feliz en mi infancia:
tan feliz como cualquiera
pudo ser en la ciudad,
teniendo menos, a veces,
y, a veces, teniendo más
porque, para el campesino,
lo poco que tiene, es todo;
el hijo del campesino,
es fácil de contentar!

Yo crecí entre la arboleda,
correteando reptiles:
moradores de las piedras;
y entre la edad de esas piedras
y el aullido de los robles,
llevé‚ mis primeros golpes:
mis enseñanzas primeras.

Yo crecí inventando sueños:
los pinos eran gigantes y yo
el bravo navegante:
un Ulises arrancado
de las páginas en blanco
de una ignorada odisea;

otras veces, un dragón,
hacía de la culebra
que asomaba, tras la piedra,
mostrándome su calvicie
-o su invisible cabellera-
y, en tales juegos, yo era,
un Quijote decidido,
un Lancelot extraído
de alguna vieja novela;
o, más bien, de algún relato
oído en cualquier rincón
de aquella pequeña aldea,
contado por un chiquillo,
tal vez, de mayor edad
y que, por tal condición,
estudiaba en otra escuela.

Yo crecí inventando sueños,
solitario por los montes,
por la tortuosa vereda;
oyendo el cantar del grillo,
admirando al pajarillo,
conversando con las piedras
que alfombraban el camino
desde la villa a la aldea.

Mi primera compañera,
recuerdo, fue Scherezade:
la princesa de unos cuentos
que mi abuelo relataba
a la hora de la cena,
amparados por los leños,
contra el frío de la noche,
que ardían en un fogón
bajo negra chimenea.

Aún existe aquella casa.
Aún existe aquel fogón
y, también, la chimenea
mas, no existe Scherezade,
la encantadora princesa:
mi primera compañera;
ni existe más aquel hombre
que, con sus diarios relatos,
ante mi, vida le diera.

Qué‚ desencanto el del niño
que descubre a su princesa
entre las hojas de un libro!
El primer amor de infancia,
no era más que un simple cuento
Dios sabe por quién escrito!
y... Qué más podría amar,
en el nacer de su infancia,
el nieto de un campesino?

Yo crecí inventando sueños
con mi andar sobre la tierra;
sobre el polvo del camino,
entre el maíz y la hierba,
entre los campos sembrados,
los montes y los pinares
que el viento arrulla
con voz queda y lastimera.

Fue allí, entre la paz de los montes,
donde conocí el otoño
y descubrí la primavera.

La vida es tiempo mas,
el tiempo, con ella juega.

Y, entre vida y tiempo,
entre otoño y primavera,
amaneció en los deseos
y anocheció en la quimera.

(1983)


José L. Dasilva N (E-mail: jldasilva@arrakis.es)

Como las hojas de un arbol...
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