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Gracia Torres




Niña de trapo

La dulce muñeca
que entre mis brazos yo mezo,
sustituye a la niña
que ya no tengo.
Cuanto más la miro
más se parece,
con su carita blanca
y sus rollizos mofletes.
Sus tirabuzones de oro
y su vestidito de organza,
lo mismo, lo mismo
que como iba en la caja.
-Mi dulce niña
¿te mojé la cara?
¡Que tontas las lágrimas
que a mamá se le escapan!.
No te asustes hijita
que las meto en el alma
¡Que no lloren mis ojos
que mi niña se espanta!
-“Ea, ea, niña Luna,
mi ángel se duerme
mientras mami,
con ternura, la acuna”
-“Ea, ea, niña Luna,
como mi nena,
no habrá ninguna”
-“Ea, ea, niña Luna,
como mi nena,
no habrá ninguna”


Te duermes

Te duermes,
con el pecho henchido de paz,
con tu brazo alargado,
tocando mi cuerpo.
Te duermes,
satisfecho del amor recibido,
de miles de caricias que sabes
que vendrán mañana, siempre,
consciente que nuestro amor
no muere esta noche.
Tu respiración tranquila
me invita a seguirla
haciendo de ella música
para mi sueño.
Acerco mi mano a tu pecho
y allí la clavo hasta la mañana,
robando parte de tu calma.
Te duermes.
Suspiras.
La satisfacción inunda tu sueño.
Tu respiración crece y se enreda
en las paredes, en el techo,
en las cortinas, en las sábanas...
La calma te invade y me contagias.
Quiero quedarme clavada en ti
y sorberte entero.


La arena y el mar

Yo he sido testigo de cómo la arena y el mar se amaban.
En noches de silencio, bajo la cómplice mirada de la luna,
el mar, le canta romanzas de suaves susurros, mezclados de suspiros.
La arena, se deja arrullar por los brazos azules, entregada a sus besos.
Él, borracho de amor, a cada caricia, le prende el pelo de caracolas.
Quise ser arena y caminé descalza por los labios de la esfinge.
La fina y marfílea arena, se apartaba ofendida, rehuyendo el paso,
cuando el mar besó las huellas, cuyas autoras éramos su amada y yo.
Enredé mis pies en la espuma, que seducía sin cesar la Tierra,
queriendo robar alguna de las caricias que ambos se prodigaban;
fundirme con el mar y abrazar el Universo extendiendo mis brazos;
perderme en el cosmos mientras mi cuerpo se entregaba a las olas.
Pegué el oído en la arena mojada, arrancándole quejidos,
tatuando el paso de mis dedos por su cara, como celosa enamorada.
Decidí pertenecer al mar y que como cosa propia me poseyera.
Descendí los altares humanos para convertirme en su sirena.
El viento, ordenado por el mar, vertía sus reproches sobre mi cuerpo
que, desnudo al cielo, yo le ofrecía para que amasase y esculpiese a gusto,
mientras continuaba adentrándome, plácidamente, en el fondo marino.
Pero el mar no me quiso y me impulsó al aire como lava de volcán,
abriendo las olas a mi rastro, en pugna salvaje, por librarse de mí.
Me tomó mimoso en sus brazos, con la delicadeza de un caballero
y como si cual novia yo fuera, me depositó suavemente en la orilla.
Permitió que le besara por última vez y se fundió con mis lágrimas.
La arena se apartó bajo mi peso, invitándome a dejar la playa.
Nadie me había invitado e entrar en la Ternura.


Intimidades

Noche callada de luna velada.
Brindados encuentros que embriagan el ser.
Mágicas miradas, enamoradas,
tocadas por hadas que yo diseñé.
Tules de seda, tejidos de estrellas,
cubren pedazos de nuestra piel,
ocultando los besos, que como posesos,
repetimos insaciables, una y otra vez.
Olores de risa perfuman la alcoba,
que estando tú, cerca, me impregnan la piel.
Respiro la brisa del aire que agitas,
viajando a tus venas para no volver.
Píntame de amor tus caricias,
haz que el tiempo no pueda existir,
vierte la dicha, de ternura exquisita,
derramando en mi cuerpo, sobras de placer.
Me haces falta en el espacio,
todo necesito llenarlo de ti,
que sean tus dedos los que tracen mi vida,
marcando el sendero que debo seguir.
Voy a perderme en tu dédalo, de deseos infinitos.
Voy a buscar en tu alma, rincones de amor.
Voy a encontrar los caminos de tu paraíso,
para abandonar este mundo, saciada de amor.


Siempre más

Amanezco desnuda
sudando, aún, tus restos.
Rezumando el amor que quedó
por los poros, abiertos
con el fuego de la noche.
Despertando con el gusto,
en la boca, de tus besos.
Todavía dulces.
Todavía cálidos.
Todavía voraces,
hambrientos de los míos.
El recuerdo de la exploración
en mis huecos, me excita,
y mi columna vibra de placer,
tanto, tanto, que puedo oír
el ruido de mis huesos,
llamándote,
exigiéndote otra noche de amor
que me deje exigua, exhausta.
Deseosa de repetir por el placer.
Temerosa de comenzar
por el cansancio
de querer siempre más,
de no gastarme contigo.
Amanezco desnuda
y me palpo entera,
buscándote en mi.

Gracia Torres
gracia_torres@hotmail.com

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