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Genaro Ortega



A veces, una rosa no basta. Algunas tardes, ni siquiera una docena te harían mirar alto. Ha llovido demasiado en el pequeño jardín de la Vía Aurelia. El desastre es indescriptible. Pétalos heridos por todas partes... Ana no me habla. Sólo mira hacia el fondo, mientras gira, gira, la noria extraña de los colorines...


(Para Ana, por San Jordi, etcétera...)


1.
No te alarma la lluvia,
ni el deseo desata la lengua.
Nada de cuanto nos rodea a oscuras
será el coro fantasma.
Página,
destraba la pluma:
en las entrañas mete la mano,
en el río,
desnuda de mundo.
Le sobran -rosa- goteras a tu cuerpo.


2.
Estanque,
hiedra,
caño,
muerte constante,
rosa levítica blanca,
vacía
y hereje
y cegadora.


3.
Al alba
¿qué hace tu amiga
del alma?.


4.
No están equivocadas las rosas.
Más allá de la tormenta sólo hay noche,
sólo oscura espera,
extrañas estaciones,
o cuanto a su paso vomita.
Cielo trémulo de cien fuegos.
Préstame, amor,
los besos
con abluciones perfectas.


5.
Nadie te quiere
las mañanas de lluvia.
Rosas. Cerezas.


6.
La rosa vino impulsada por un mecanismo de destrucción,
como si el silencioso estruendo de los verbos fragmentados
y de los versos
facultase la puesta de largo de un amor agotado
por encima de sí mismo.


7.
Con luz incandescente
de islas
y soledades no buscadas
sufres la espera
contra la que la noche
termina
encajándose.
Un sol que no lastima
cita la exaltada promesa del
perfume.


8.
Ríe, ella sí, ebria.


9.
Vuelvo al ayer.
Reparto lo que tengo
entre las rosas.


10.
Tus versos de jabón
no han servido para nada.
Inquilino de una habitación oscura
aplazas los momentos
más fieles del recuerdo
y roncas.


11.
La nieve es fundamento,
unidad de raíz.
De anchas mangas los besos
son códigos de bosques
llenos de aves en tanto que tú
clamor que sube a los tejados,
sábana que el recuerdo borda magnífica, sucia, desaliñada,
cotidiana,
tierna como el pan en la mesa.
Vidrio, mar antigua como testimonio.
Nada cuelga de las paredes.
Santa y bella, subyuga
y estremece.


12.
Luego
un despiadado silencio.
El instante
en que cae una gota al vaso,
y otra.
Luego
otra luz que no ha visto volar los pájaros será tu paz.
A punto de sucumbir te salva la prisa
-todavía abril sigue siendo
el hombro, el ombligo,
perforado por los besos-.


13.
Con la tristeza azul
de quién ha perdido los mares para siempre
se va marchitando
la rosa que nos divide,
empolvada,
de yeso,
de crepúsculos.

Genaro Ortega
genaro.o@terra.es

joldan
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