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Guillermo Coulter




El flujo de la corriente

I
Un puño cerrado entre
el ombligo y la pared,
dentro soplando luz
muere un insecto
iluminando la duda.

II
Aparejos trae con peces,
espinosos los ojitos
de la hambruna,
quebrarán los codos
hasta mañana.

III
El borde astillado del vaso cortó
las ansias,
un adiós,
evitó dos besos inútiles

IV
Posiblemente alguien
se preocupe por mi tiempo,
si yo solo quiero esperar.

V
Traigan sábanas para salir por las
ventanas,
por la puerta ingresó una certeza.

VI
Hay torrentes de electrones,
torrentes de dedos.
¿Por qué tiemblo
cuando me tocas?



Una monedita para salvar al mundo

Un crepúsculo de tizne baldea el horizonte,
esta por llover,
chipas, yuyos sanadores y canastos bailan con
sus gordas coloridas de falditas largas,
un olor en el ambiente, una revolución por venir,
el taxista miente, el taxista siempre miente a
los foráneos invasores,
y que le puedo decir antes robaban menos,
uffff
la libertad esta enferma de entendimiento
conceptual,
todo es culpa del marketing chifla un travesti al
oído de la moral en la plaza frente a la catedral,
el calor transpira por los ribetes de las vísceras
y hablar del calor da mas calor,
morenas y gringas compiten en la pista
la inocente aceptación de un extranjero jugoso,
la corbata es una estaca a 41 a la sombra;
mientras la lapicera gotea en una servilleta sucia
mentiras piadosas
niñas y niños corren entre bolsillos incautos,
deme señor una monedita para salvar al mundo.



El diamante

dobló la sombra
para no engordar el espacio,
acarició su fina mano,
en algún lugar nació un diamante,
arrinconó al movimiento con un beso,
absorbió su aroma y la guardó
en una hoja de eucalipto,
sacó un pecho de su escote
como si fuese un racimo de uvas,
conoció la suavidad
en ese triste baño
de tren



Infancia

Junto una hoja caída,
pequeña, amarilla,
paso mis dedos por sus nervaduras,
es de noche ya,
el chirrido de un vaivén,
una hamaca oxidada,
aire sin desaire,
una infancia.



A un hombre le estaba prohibido dormir,
durante su vigilia por momentos alucinaba que su cuerpo
dormía.
Creía ver una plaza donde los sabios de oriente
afirmaban que todo viene del infinito y
confluye en el Uno,
argumento que sus pares occidentales
refutaban
alegando que el Uno culmina sus días
buscando el infinito.
Una noche mientras despierto soñaba
un ladrón ingresó por la ventana,
nuestro personaje al verlo le rogó que lo matase
para terminar con la maldición que lo aquejaba.
El ladrón respondiendo al pedido solo sentenció:
he venido a llevarme tus alucinaciones.

Guillermo Coulter
gcoult@ciudad.com.ar

joldan
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