Francisco Arias Solís


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Día de fiesta

Madre, que vienen los ricos,
pon cara de pena.
Madre, saca el cartelito
y trae la muleta.

Madre, que esta mañana
va bien la faena.
Madre, se ve que hoy la plática
les ha hecho mella.

Madre, ya va siendo tarde,
hagamos las cuentas.
Madre me quedo yo diez duros
que es día de fiesta.

Madre, que quiero comprarme
un bollo de crema.
Madre, ¡que ya estoy harto
de pan con acelgas!

Madre, te veo cansada,
¿te sientes enferma?
Madre, ¿por qué estás llorando?
¡Que yo no te vea!

Madre, cuando yo sea hombre
me iré a las Américas.
Madre, o mejor a Alemania
que pilla más cerca.

Madre, ¡verás cuantos duros
traeré cuando vuelva!
Madre, y así ya no pides
cuando seas vieja.

Madre, ¡pondremos un puesto
muy grande, en la acera!
¡Madre, y dentro una estufa
y una radio nueva!

Madre..., que ya es mediodía
y padre reniega.
Madre..., y tú no le cuentes
mi bollo de crema.

¡Madre, que viene más gente,
los ricos se acercan!
Madre, pon cara de frío
¡y trae la muleta!



Los pobres de todos los domingos.

¿Cómo serán los pobres, dime, madre?
¿Cómo será esa gente sucia y fea
que todos los domingos encontramos
y nos pide a la puerta de la iglesia?

¿Cómo serán sus casas, dime, madre?
¿Tendrán televisión como la nuestra?
¿Se cambiarán de sábanas los jueves?
¿Usarán en invierno estufa eléctrica?

¿Cómo serán sus fiestas, dime, madre?
¿O es que los pobres nunca van a fiestas?
¿Beberán en porrón, por ahorrar copas?
¿Conocerán la música moderna?

¿Cómo son sus amigos, dime, madre?
¿Son pobres como ellos? ¿Veranean?
¿Y de qué hablan con ellos cuando salen?
¿De fútbol? ¿De política? ¿De ciencia?

¿Se divierten los pobres, dime, madre?
¿Van a cafeterías, van a tiendas?
¿Van a cines de barrios, o a piscinas,
o están pidiendo siempre por las puertas?

Y los hijos, los hijos de los pobres,
dime, madre, ¿con qué juguetes juegan?
¿Tienen ellos también los Reyes Magos?
¿Se comen a las cinco la merienda?

¿Nos odiarán los pobres, dime, madre?
Nos odiarán o les dará vergüenza
sentirse tan pequeños y tan pobres,
comparar nuestro coche y su miseria?
¿Cómo serán los pobres, dime, madre?
¿Se enamoran? ¿Sonríen? ¿Sufren? ¿Rezan?
¿Cómo será esa gente que nos pide
y que al salir de misa nos molesta?



Entre los pliegues de la noche

Estoy escribiéndote y sólo tengo tu ausencia
y en mi corazón el dolor de tu lejanía.

Mi pluma no puede escribir sin que las lágrimas
tracen el poema de mis deseos en la página de las mejillas.

Si no fuera porque la distancia nos separa
te visitaría entre los pliegues de la noche,
apasionadamente,
como visita el rocío los pétalos de la rosa;
y besaría ardorosamente tus labios rojos
y arrebataría tu talle, de la cintura a cuello.

Aunque ausente de mí, estás conmigo:
mis ojos no te tienen pero sí mi corazón.



Al sentir tu brisa

Porque quiero quererte y no te quiero,
porque sueño soñarte y no te sueño,
porque anhelo anhelarte y no soy dueño
de aquello que prefiero y no prefiero.

Porque busco tu paso en el sendero
mientras huyo no huyendo de mi empeño,
y me siento pequeño, tan pequeño,
que no logro en mi vida ser sincero.

Por haberte vivido sin vivirte
y haberte amado tanto sin amarte,
puedo soñar contigo limpiamente.

Porque al sentir tu brisa sin sentirte,
pudiera en la caricia desearte
gozando de tu ausencia plenamente.



Vuelvo a sentir tu vida

Tenerte cerca. Hablarte.
Y besarte en silencio.
Y sentir el contacto
caliente de tu cuerpo.
Sentir que vives, trémula,
aquí contra mi pecho.
Que mis brazos abarcan
tus límites perfectos.
Que tu piel electriza
las yemas de mis dedos.
Que la vida se ahoga
en el hilo de un beso.
Que así, en la sombra, a tientas,
bajo la noche, ciegos,
topándonos a oscuras
mientras todo es silencio,
nos amamos y somos
casi dioses rugiendo.

Vuelvo a palpar tu carne,
vuelvo a besarte, vuelvo
a estrecharte en la sombra
ciega contra mi pecho.
Vuelvo a sentir tu vida
trémulamente. Siento
que el desamparo pone
su soledad, su cerco,
en torno de nosotros.
El mundo está desierto.
Mudo. Tú y yo arrojados
a un destino violento,
aquí, sobre la tierra,
abrazándonos ciegos.

Y entonces te recojo,
te amparo, te sujeto,
pequeña, débil, mía,
cobijada en mi aliento,
sostenida en mis brazos,
cubierta con mis besos.

Pero mi pequeñez
en seguida comprendo.

Mi inútil protección,
castillo sin cimientos,
rueda deshecha frente
al enorme Universo.

¡Qué poco puede un hombre!
Y me refugio en medio
de tanta soledad
en tu caliente cuerpo,
para que entre tus brazos
me mezas con tu tierno
amor. Niño asustado,
busco tu amor materno.

Los dos en la tiniebla
abrazados, pequeños,
frente a la eternidad,
lloramos en silencio.

La noche continúa
mudamente cubriéndonos.



Tú que sabes tantas cosas

Tú que sabes tantas cosas,
dime por qué vuela el pájaro;
por qué crecen las espigas;
por qué reverdece el árbol.

Por qué se alumbran de flores
en primavera los prados.
Por qué no se calla el mar.
Por qué se apagan los astros.

Por qué es sonoro el silencio
en la soledad del campo:
y el agua corre a esconderse
entre su risa y su llanto.

Por qué el viento aviva el fuego
cuando no puede apagarlo.
Por qué el corazón se duerme
si el alma sigue soñando.



En la duda del vacío

Oh abandonados de este tiempo sin reemplazo.
No saltéis.
No me dejéis solo en la duda del vacío
asomado a ese puente, a esa altura,
a ese balcón de infinitas caídas.

Enamorados acróbatas,
voladores,
suicidas de otoño,
aves de alas quebradas.

No saltéis...
dejadme un instante el furor de vuestros cuerpos
para que construya peldaños de viento
y un puerto entre las nubes.

Yo también creí en la noche
en su aventura, en su viaje
y me descolgué como evadido
hacia la libertad abundante.

Yo también fui sabio y bueno
y escribía canciones y versos,
fui pez y ave,
soñador y vagabundo.
Pero ni la sabiduría ni la bondad
ni la canción ni la palabra,
ni el mar ni el cielo,
ni el sueño ni la calle,
me devolvieron a sus brazos.

Entonces quise saltar,
sentir el sacrificio,
cruzar la vía de hierro y adentrarme en el viaje...
que me llevara lejos
hacia otro país,
hacia otra muerte.



Huelen a ti las sábanas

Huelen a ti las sábanas, amor, y todavía
está tu libro abierto encima de la mesa
y hay ropa por el suelo y discos y tabaco.

Aunque aquí ya no estés mi cuerpo aún te busca.
Y en este fingimiento de abrazarte, en la almohada
persigo tu recuerdo, tu delgada cintura.

Por suerte no es un sueño y quizá en el baño
mi cepillo me espere, húmedo de tu boca,
o toallas que secaron tu pelo.

Huelen a ti las sábanas. El barrio se despierta.
Hay voces en la calle y luz tras la persiana.
El sol debe estar alto. Qué corta fue la noche.



Una vaga tristeza

He soñado contigo hacia la madrugada
y el amor que me hería aprovechando el sueño
me ha despertado cuando el alba en los balcones
se paraba lo mismo que un pájaro perdido.

Tú no sabrás qué sueño me despertó en la noche
ni por qué misteriosos paisajes fuimos juntos.
No sabrás nunca el grave encanto que hacia el alba
me despertó a la vida otra vez suspirando.

¿Pues quién sabe por qué extraños caminos
sin que sepamos nada puede ir el amor?
¿Quién sabe por qué tiernos senderos todavía?
¿Quién sabes por qué prados ni por qué primaveras?

La lluvia azota mis cristales. (Son la siete.)
Tal vez te haga pasar la mañana en tu casa.
Piensa que yo he mirado largamente la sierra
y que he dicho tu nombre casi sin darme cuenta.

Y después he sentido una vaga tristeza
al ver sobre las verdes montañas y sus árboles
la belleza sombría de la luna y el viento,
una tristeza no demasiado grande,

casi risueña, casi alegre, inexpresable,
pero tan íntima y aguda que los días
no me podrán curar con sus cielos azules
de su encanto suave y agridulce,

oh amor, oh amargo amor, amor perdido,
siempre amor, siempre amargo y ya perdido,
oh amor amargo como el olor de las palmiras,
oh amor perdido que amo todavía...



Las lejanas palomas de la paz.

Coleccionaba mariposas,
y quiso coleccionar el aire.
Quería aprisionar el humo
que se escapa con lentitud
desde las chimeneas.
Los espejuelos de la luz
sobre la mansedad de los estanques.
La estrella fugitiva de los pájaros.
La mirada alegre de los niños.
Caminar por el arco iris.
Ensartar las gotas del rocío
que resbalan sobre
la superficie de las hojas.
Beber champán
en el cáliz de las flores.
Aprisionar un rayo de luna
en la tela de una araña.
Meter un rayo de sol
en una jaula...
Coleccionaba mariposas,
y se perdió buscando
las lejanas palomas de la paz.



Sólo por una vez

Si tan sólo pudieramos acercar nuestros ojos
al definido paisaje de una noche
dormiría con el roce de tu piel
y con esa sensación,
todo lo que he querido decirte,
todo cuanto he amado
estaría allí
oscuramente.

Mis ojos estarían frente a ti
inútiles y lastimados
estarían contigo.

Sólo por una vez
quisiera despertar para encontrarte
con tu mano tibia entre mis manos
como si me hubiese amado siempre
y con esa sensación
cerrar mis ojos
como si ya toda una vida hubiese concluido.



Aquel beso primero

Agradezco a los árboles sus sombras,
la protección delgada de sus troncos.
Al banco la amistad de su respaldo
y a los faroles su bombilla rota.

Agradezco a las calles sus esquinas,
sus rincones oscuros como nidos,
sus portales sin nadie, resguardados
de la lluvia y el viento y las miradas.

Agradezco a los cines sus butacas,
su oscuridad amiga de los labios,
y a la tarde su luz porque se marcha
para que venga el beso y el abrazo.

Ciudad donde yo amé: ya tiempo y tiempo
ha pasado de aquel beso primero.
Hoy te agradezco todos tus paseos,
tus calles y tus plazas, tus tranvías,

tus barrios pobres, cómplices de amor,
toda tu oscuridad amada y triste,
donde ha nacido, sin embargo, el beso
largo y continuo en el que vivo ahora.



La noche toma la palabra

Calla desnúdate cierra los ojos
Ríndete a la piel muda y su tórrida noche
La carne es una atmósfera nocturna
La palabra también volvió a la sombra
El dentro de la carne es otro espacio
Estamos juntos a este lado de los párpados
Ya no hay cuerpo y lenguaje
La piel es la nocturna orilla de los nombres
El habla retrocede a la matriz
La noche toma la palabra
en tu carnal idioma de gemidos.
Toda tú eres piel
Tu piel entera no es sino tu signo
Se confunde contigo invadida de sombra
En esta oscuridad que eres entre ciego
Me pierdo por tu carne como por un sueño
Muerdo tu nombre mi cuerpo hunde tu alma
Nos respondemos tácitos en lo innombrable
La sombra es deslumbrante
La palabra salvaje despedaza la lengua
Sólo un pedazo de lengua aún vive
Tus gritos dan mi nombre al paroxismo
Abre los ojos soy yo.



Gozo puro

¡Gozo de un labio! ¡Gozo de un suspiro!
¡Gozo de un cuerpo fiel! ¡Gozo de un beso!
¡Gozos del poseedor y del poseso,
que hacen candeal el celo y su respiro!

¡Gozo de la caricia en que me miro!
¡Gozo hecho carne, gozo puro, ileso...!
¡Gozos del barro en flor, gozos sin peso,
que estrofan, gozo en gozo, como un giro!

Gozo para ser más, lúcido instante,
de deliciosa entrega derramada,
rica en temblor, en fuego y lozanía.

Gozo que al convertirme en pleno amante,
trueca mi errante sangre recatada
en una apoteosis de osadía.



Paz y libertad

Porque un Niño ha nacido
en esta tierra,
que suenen los tambores,
cese la guerra.

Porque el Niño se hizo
pan y alimento,
que no quede en la tierra
ningún hambriento.

Porque un Niño nos trajo
paz y libertad,
que a todos ilumine
hoy la Navidad.


Ahora.

Ahora empezarás, mi vida,
a no dejarme vivir.
A que los días y sus noches sólo sean
el ahogo feroz de tu encuentro.
De tu incorporación a mí.
¡A que mi sangre no sepa detenerse sola,
y se arroje a la tuya, a ti,
con la furiosa alegría del dolor de amarte,
el éxtasis de saberse tuyo;
y de la angustia,
del tremendo milagro oscuro
que es pertenecerte!
Ahora, sí, ahora.
Cuando no me busca nadie, ni yo busco.
Porque tu voz llena de altos eco la tierra,
y tu olor los jardines más sombríos,
y de tu pecho caen las campanas de mis deseos
y aprendo, vida mía, alma mía, amor,
que es verdad que soy de carne,
que es verdad que duelo,
y gozo, y sufro, y grito
porque soy tuyo.

¡Momento agotado del mundo,
éste en que te sé lejos de mí!
Apúralo todo, regresa a nuestro abismo
y déjame en ti sumido,
fuerza que se te dio sin lágrimas
de rebeldía; aunque con llanto de violencia
por verse tuyo,
yo que no era nadie,
¡ni siquiera mío nunca!,
amor tuyo, entregado a ti, amante.


Aquel idilio misterioso

Pienso quizás amargamente
que la vida fue pródiga en caricias
para nosotros, demasiado pródiga;
que nos dio tanto azul, tanta dulzura,
que ya nada tenemos que esperar de la vida.

Y luego he sonreído a mis recuerdos
y me he dicho que nadie
puede saber qué guarda todavía.

Entonces una abeja se elevó por el aire
hacia el seno más puro y azul de la mañana.
(Era una reina en celo
seguida de un tropel de zánganos ardientes.)
La abeja se elevaba cada vez más radiosa
y ellos la perseguían, y lo que no pudieron
resistir la pureza de la altura,
cayeron como lluvia de minúsculas flores.

Continuó la reina su ascensión amorosa
y todos, menos uno, cayeron abatidos
y ése gozó el amor de su reina entre rayos
y después cayó muerto.

Ebria de azul, de goce, de claridad, de altura,
la reina descendió del cielo campesino
y entre los matorrales espesos de tomillo
se perdió deslumbrante.

Y a mí me puso triste aquel idilio
misterioso en los aires,
porque tú eras lo mismo que aquella cruel reina
y yo te amé en los prados y en las dulces montañas
cuyas cumbres gloriosas baña un azul intenso,
y luego tú te fuiste entre las flores;
te fuiste, y yo no he muerto.

Internautas por la Paz y La LibertadFrancisco Arias Solís
aarias@arrakis.es
http://www.arrakis.es/~aarias

joldan


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