los otros poetas... la otra poesía

El 11 de septiembre del 2001 sienta las bases del nuevo orden mundial en el cual los EEUU conciben que su rol está en erradicar al terrorismo teniendo la licencia de poder inmiscuirse militarmente en los lugares que consideren necesario. Entre tanto, no queda sino tender sobre el horizonte el azul de la esperanza.
Libremos el azul de la esperanza

Aproximación a Manuel Felipe Rugeles

por Pablo Mora

Viernes, 29 de agosto de 2003
En ocasión del centenario de su natalicio, el día 30 de agosto de 2003

Zafra crítica

Manuel Felipe Rugeles (1903-1959), el poeta por antonomasia del Táchira, es alguien a quien no ha sido posible ubicar fácilmente dentro del concierto de la lírica venezolana, por pertenecer más bien al reino de lo clásico, dentro de su perdurabilidad y fidelidad a su tiempo.

En efecto, los críticos venezolanos no se han puesto de acuerdo en la justa ubicación generacional de su obra. Pedro Díaz Seijas la sitúa en la Vanguardia del 28. Juan Liscano la ubica y desubica en el Grupo Viernes. Mientras Pedro Pablo Paredes lo considera el “mayor representante de la Generación del 18, puesto que es quien hace realidad estética cabal de los ideales de dicha generación; incorpora a la lírica nacional el paisaje andino, en una como especie de neo-nativismo; y alcanza, en cuanto que fue fiel a su tiempo y a su ámbito, categoría de clásico. ¿Tuvo conciencia de su destino lírico, de sus posibilidades de perduración, el poeta? Si no, no habría escrito en uno de sus instantes cimeros:

“La aldea me dio su alma.
Yo di mi alma a la aldea”.


“... Estos dos versos de Aldea en la Niebla —libro fundamental en la lírica de Rugeles— son sin duda alguna, clave de toda su producción, tanto de la juventud visionaria como de la madurez nostálgica.” (Fernando Paz Castillo).

Agrega Paredes: “Manuel Felipe Rugeles, en cuanto que constructor de poemas, se sitúa, muy inteligentemente, a igual distancia del esmero orquestal modernista y las libérrimas estructuras establecidas por el vanguardismo... Es quien mejor plasma estéticamente los ideales de la Generación del 18: exaltar lo esencial venezolano.”

Ubíquesele donde se le ubique, lo que todos corroboran, es el hecho tan evidente de que fue Rugeles el autor que se encargó de incorporar a la poesía nacional, a las letras patrias, el paisaje andino. Allá aquellos que se desvelen por ver en Rugeles un poeta menor dentro del nativismo, criollismo o costumbrismo, sin méritos de renovación dentro de un neo-nativismo, por lo menos. Es el caso de Juan Liscano, quien señala: “Su verdadera vocación lírica le inclinaba hacia lo popular, lo romántico, inclusive lo discursivo... Cantor de inspiración fácil, cordial, bohemio y reverente a la vez, en sus libros predominan las estilizaciones folklóricas, el color regional, las cancioncillas, los romances, cuando no la poesía entonada y elocuente.”

Al considerar a Rugeles como la más auténtica revelación poética de Los Andes del siglo XX, se está también de acuerdo en que su temática mayor es la tierra: su tierra andina, en toda su plenitud. He ahí su leitmotiv. En su caso, plasmada en la imagen de la Aldea en la Niebla, transformada al final de su itinerario vital en la Aldea Global, para decirlo, quizás no muy felizmente con McLuhan.

Su visión del terruño, su cosmovisión inmediata y mediata, hacen que su primera aldea sea, en fin de cuentas, el mundo entero. Lo que permite a Orlando Araujo sostener la tesis de que “la de Manuel Felipe Rugeles es una de las obras poéticas de más lograda circunferencia en las letras de América Latina.”

Uno de los poetas más representativos entre los que perpetúan la huella del nativismo de Andrés Bello y Lazo Martí, con marcadas afinidades con la lírica española de su época, Rugeles crea una poesía esencialmente vernácula a partir de una purificación de nuestro folklore y nuestro cancionero.

Olvidábamos decir, con Jacinto Fombona Pachano, que “si a algún poeta pudiera hallársele, a cualquier hora, en la actitud eufórica y armoniosa del agua que fluye cristalina, ese poeta sería Manuel Felipe Rugeles”.

Poeta por la gracia de la tierra. Poeta del Hombre y la Naturaleza Poeta de la montaña y de los niños venezolanos. “... Y es que en la poesía de ‘¡Canta, Pirulero!’ el lenguaje se hace música; esa música que no oyen los oídos del cuerpo de los niños, sino que es audición imaginífera provocada por el dintorno de estrellas, árboles, flores, pájaros, agua cristalina y torrentosa, viento silbante y taumaturgo; elementos naturales que los niños —los más grandes mitómanos y soñadores— conjugan para fabular el mundo maravilloso de la infancia.” (Alberto Castillo Arráez).

Afinidades electivas

Sin llegar al extremo —lejos de nuestra intención— de subestimar en algo la obra de Rugeles, valdría la pena un estudio sobre sus afinidades con Antonio Machado que reconocemos existen. Estudio que establecería deslindes y especificaciones y en donde, ciertamente, la obra rugeliana aparecería cada vez más resplandeciente y con luz propia.

Entre tanto, adelantemos algo. A ambos creadores les une el entusiasmo por la tierra y el paisaje, “sus” paisajes. Los títulos y contenido de “Soledades” y “Campos de Castilla” del sevillano están muy cercanos al de “Cantos del Sur y Norte” de Rugeles. El plectro de ambos poetas es la tierra, unida al noble sentimiento por el paisaje luminoso que, desde niños, los encandila. Los colores castellanos, sus olivares, sus estaciones, los cotidianos espectáculos de las callejuelas, las alusiones infantiles, pueden fácilmente intercambiarse con el Color de la Patria, el Color del Ande, del Valle, de junio, del mar; con el Retorno a la Heredad, escogidos por el venezolano. La consubstanciación de Machado con Soria —con sus “colinas plateadas, / grises alcores, cárdenas roquedas / por donde traza el Duero / su curva de ballesta / en torno a Soria...”— equivale a la pasión de Rugeles por eternizar sus visiones andinas:

¡Dejad, amigos, que os recuerde
la edad azul de los rebaños,
cuando el vellón de los rediles
era la nieve de estos campos!
Elegía pastoral
(Memoria de la Tierra)

Todo en esta comarca se adivina
de pronto así como recién nacido:
el valle, la hondonada, la colina,
están cambiando ahora de vestido.
Tríptico del color de junio
(Cantos de Sur y Norte)

Mientras Machado en su soneto titulado “Primaveral” nos habla de cómo el campo se viste de juveniles atavíos:

Los caminos van del valle al río
y allí, junto del agua, amor espera.
¿Por ti se ha puesto el campo ese atavío
de joven, oh invisible compañera?

Sin ánimo de repetir algunos paralelismos, ya detectados entre ellos y que perfectamente pudiesen equivaler a meras imágenes eidéticas, nos permitimos presentar dos. Nos referimos a la famosa cuarteta de Machado:

¿Dices que nada se crea?
no te importe, con el barro
de la tierra haz una copa
para que beba tu hermano.


Frente a la de Rugeles:

No en vano medita el indio
junto a sus blancas vasijas,
sabiendo que son sus manos
las que dan forma a la arcilla.

Igualmente, ilustrativas estas otras cuartetas:

¿Dices que nada se pierde?
Si esta copa de cristal
se me rompe, nunca en ella
beberé, nunca jamás.
(Proverbios y Cantares - XLII, A. Machado)


Si un vaso desvencijado
tiene alguna utilidad,
un corazón viejo y triste
puede servir mucho más.
(Certeza, M. F. Rugeles: Coplas)

Siempre nos ha llamado la atención la calificación de “naranjos encendidos” de Machado frente a la de “almendro encendido” de Rugeles; aunque no desconocemos la profunda devoción que le guardaba el poeta al referido almendro familiar —emporio de su infancia y de su vida—. Antes que querer empañar la obra de Rugeles, lejos de señalarle alguna rémora, somos los primeros en reconocer en este poema Viejo almendro encendido uno de los más definitivos, paradigmáticos, de su obra, al tiempo que uno de los de más carga elegíaca de la lírica venezolana, latinoamericana.

Insistimos en que estos señalamientos no tienen otro interés que el de motivar a nuestros estudiosos universitarios en cuanto al análisis de la obra de Rugeles, una de las de más unidad temática y hondura lírica en Venezuela e Hispanoamérica. Mientras más la estudiemos, de seguro que encontraremos no sólo alguna influencia, que no es pecado alguno por aquello de las afinidades electivas goethianas, sino que corroboraremos su extraordinaria originalidad en el concierto de las letras patrias, donde no tiene par en lo atinente a la poesía infantil.

Por lo demás, para nadie es secreto que algunos críticos han hallado afinidades temáticas y experienciales entre Rugeles y García Lorca, Whitman, Bécquer, Garcilaso, Novalis, Heine, Hölderlin, Hernández, Alberti y Rilke. De hecho, a estos dos últimos dedica Rugeles dos de sus poemas. Afinidades —repetimos— que, sin duda, ennoblecen al poeta y a su obra, lejos de enturbiarla en lo más mínimo. Antes que pretender ver en toda la “Cántiga del desterrado” a una mozuela llevada para el río, ni en todo compromiso a un “preso hasta la madrugada”, reconocer en Rugeles a un adelantado en los oficios y licencias de la actual generalizada intertextualidad, donde predominan la absorción y transformación textual a modo de mosaico más o menos reconocible.

¿A quién busco en la tierra de los pinos / y las palomas de alas extendidas/ sobre las viejas torres desvaídas / en la niebla al azar de los caminos? // ¿A quién sobre estos páramos andinos, / sobre estas nieves, águilas caídas, / y estos valles que añoran recias vidas / a la sombra o la luz de los molinos? Mi corazón hoy vuelve a la montaña, llega desde la fiera guerra huyendo, de plácemes encuentra a la neblina, al pájaro, a la tarde... a la entraña jubilosa de aquel almendro siendo enhiesto campanario en la colina.

Gloria de luz en su inefable gloria, sobre la mancha gris de los caminos. De noche lo despierta la neblina. Es ella el santo y seña del poeta. Casa, sauce de par en par abierto, su verso quiere ser, eternamente. Del aire al aire ir, de puerta en puerta. De mano en mano, estar, vivir, seguir. Acepta, ¡oh! Dios, el peso de su gloria a la hora encendida de este infierno, mientras corre la sangre en el camino. Y sobre tanto lloro y tanta pena se habrá de alzar su canto como un lirio y su himno de amor se oirá más fuerte.

Manuel Felipe, hermano de la harina, permanente juglar de nuestra aldea, testigo fiel de toda la odisea de esta sufrida tierra campesina. Manuel Felipe, acaso la neblina -tu dulce amante- solamente sea tenue sombra que apenas señorea en este valle de tristeza andina. Manuel Felipe, en lumbres jornalero, apenas si se ven las mariposas, apenas si se siente el ventisquero. El oculto presagio de las rosas nos recuerda tu claro derrotero hacia la luz total de nuestras cosas. La paz que tú soñaste ya no cuenta. Los niños hacen guerra apenas nacen. Las crónicas son todas policiales. Ya no es nuestro el sabor de nuestra música. El último poema para niños ellos lo escriben con sus propios sueños: es sólo una parábola a la guerra con todas las metáforas en gris. Andrés Eloy ya no anda por aquí, el pobre Aquiles tuvo un accidente y se nos fue. Ya casi no contamos con poetas que quieran a los niños. Manuel Felipe, hermano de las cumbres, casi nadie le canta a la neblina.

Manuel Felipe, ya nadie apacienta ningún sueño detrás de los rebaños; los viejos cántaros nos son extraños así el crisol del horno los presienta. La neblina quizás apenas sienta la ausencia de los sueños aledaños y en el rojizo almendro de tus años tal vez ningún turpial ya ni se asienta. Tal es el precio de la vida, hermano: echar un barquichuelo en la quebrada, echarlo de mañana, bien temprano, luego irse con la tarde alucinada y estarse con la luna de la mano para caer en cuenta de la nada.

Jinete Insomne, Rugeles sabe que la memoria no es un sepulcro para recuerdos muertos, que la inmortalidad está en la memoria de los otros y en la obra que dejamos; sabe que el poeta es inmortal mientras viva en el recuerdo de los suyos, de su aldea, de sus goznes, sus cosas y sus sueños. ¡Hasta más allá de la noche! ¡Hasta más allá del viento! ¡Hasta más allá de sol! ¡Hasta más allá de la lejanía! ¡Hasta más acá de la neblina! ¡De más acá del alma o de la vida!

(Pablo Mora
Profesor Titular, Jubilado, Universidad Nacional Experimental del Táchira)

 

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