los otros poetas... la otra poesía

 

Lo Siniestro

Oscar Portela

En uno (el primero) que se le dedicó a Edgar Allan Poe en Europa y que lo introdujo a la fama, Charles Baudelaire - que de él se trata -, considera que el heroe trágico fué una victima de la crueldad ingenua y torpe de un pais como Estados Unidos, barbaro y que no comprendía el espiritu del arte, del dandy y de la aristocracia. Repite mas o menosl de los artistas y pensadores de su tiempo desde van Gogh ( no lo conocía), y desde Holderlin a Nietzsche, a tantos que fueron suicidados por la cultura occidental europea, a fines y principio de el siglo XIX. Los Estados Unidos no era sino una sucursal y mala del eurocentrismo. Había hecho del becerro de oro, el simbolo de su psicopatología. Pero Poe lo vió y hoy Rorty , un filosofo actual solo identifica a Whitman o Emerson, luego a Dewey y James con su nueva Roma, la experimental y dinamica democracia de los Estados Unidos.

Hop Frog, del que luego de desaparecido, seguido de su amiga la enana Tripeta, es otra parabola de este diente de jabali clavado en el mundo de la trascendencia.

Muchos Arguyeron que el enano bisfido y perverso era inmortal. Yo así lo creo. mezcla de Mono y hombre, es una caricatura de lo que aún somos. Y su venganza sigue siendo llevada a cabo contra lo que el consideraba crueldades de tiranos. Nuestros representantes. Algunos los emparentaban dado su capacidad ( Poe no lo dice ) de transformarse con el conde de Saint germain o el Conde Mosca. lo cierto es que desde la vieja Persia hasta el actual Afganistan, se lo vió como bufon de los tiranuelos de turno, desaparecer despues como siempre entre sonoras carcajadas.

Hop es la esencia de lo SINIESTRO. No es el bufon del rey Lear. No es el Coro trágico, que aventuran desgracias y desventuras. Es la carcajada de quien se rie de la condición humana, porque la conoce más que nosotros. Poe y no Whitman es la esencia de los Estados Unidos. Collin Powell al lado de Tatcher es una bufonada de Hop, y el Secretario de las naciones Unidas, quien pudo ser quemado por el Ku-Kus-Klan, como santa Juana de Arco ( la doncella de Orleans) fué quemada por la santa inquisición.

Torquemada, y Busch, al lado de Frog, y no Khan son la esencia de nuestra civilización, tan apegada a las delicias de la razón y de la técnica. Y me pregunto ahora, quien quemó el teatro que el pobre arlequin se empeñaba en convencer al publico iba a convertirse en cenizas?

Se podría acaso hoy acansejar a nuestros lideres la lectura de "La parte maldita" o "Las lagrimas de Eros" de Bataille. Existe una palabra utilizada por jean Whal que define el absoluto inmanentismo del mundo de hoy, su declinar, " la famosa busqueda del loco con la linterna en pleno día " del Zaratustra....busco un hombre, busco un hombre....Tal vez Frog , el hombre mas feo ( cuando quiere ) haya matado también a Dios, vaciado al Sol de su horizonte y esta palabra es transdescendencia...

Al lado de Menem-Duhalde, Sharon, Bush, y la maquinaria guerrera arabe, veo perfilarse la sombra y el rastro de Hop, y en sueño escucho sus feroces carcajadas. Si el hombre es la irrisión del mono, no sremos todos parecidos a Frog. No seran nuestros amos parecidos al inutil Rey convertido en antorcha.

Oscar Portela



El poder del nombre en la obra de Oscar Portela

por LEONOR CALVERA

EI nombre es una cosa viva, decían los antiguos egipcios. Como ellos, las grandes civilizaciones teístas le otorgaron un valor fundamental. Según los hebreos, el nombre secreto de Dios no puede ser pronunciado; en la tradición islámica. el Gran Nombre es el símbolo de la esencia oculta de Dios; en el principio era el Verbo, afirma el cristianismo, y el Verbo es Dios. Creador o evocador, el nombre tiene un carácter esencialista, tal como sostiene el hinduismo.

El nombre - sonido, verbo - antes que como signo de identificación, opera como hacedor, como potencia mágica. Pero el nombre fundamental se fragmenta -¿podríamos decir se degrada?- en los nombres, en el caleidoscópico sucederse de hechos y personas, en el refractarse infinito de las formas. En medio de ese piélago confuso, contradictorio, agitado, se encuentra el hombre, el poeta.

En esas aguas borrascosas del lenguaje de comunicación se mueve Oscar Portela en lo que denomina "la aventura de los nombres". Las estaciones en que se detiene se van configurando según lo dicta la memoria en su constante oscilación. Así invoca, llama, explora, se retuerce y quiebra. Medita sobre el pasado, sobre el presente, escudriña el futuro. Se compone y exalta, se extravía en la oscuridad y resurge con la dicha de una iluminación trascendente. Y siempre, inexorablemente, aparece recortada en el horizonte la sombra obicua de la muerte.

El silencio de Dios

La Memoria de Laquesis y los poemas con los que continúa sus búsquedas, testimonia un esfuerzo constante: lucha con el dolor y el olvido, con la traición y la sed de infinito, con los demonios que pueblan la soledad, con el ángel del que no puede obtener certezas. La letanía se desgrana con los nombres que fueron, con los nombres que vistió y que, muchas veces, no fueron sino máscaras, disfraces puestos sobre el cuerpo de un desconocido para sí mismo. Múltiples son los yo que lo habitan; algunos son reconocibles: el amigo afectuoso, el pensador lucido e insomne, el hijo atento, el amante comedido. Otros son apenas atisbos, esbozos de una criatura incompleta, violada por las circunstancias, que no ha terminado de gestarse, que ni siquiera ha podido ver nacer la propia infancia. Por ello, el poeta debe aprender a construirse desde lo cercenado, desde la frustración, desde la tala de lo que no retoñará.

Oscar Portela, inclinado sobre la cima ontológica, se descubre en "abrumadora soledad, sintiéndose a si mismo en la cruz". Lo azotan el desamor, la deslealtad, la radical incomunicación entre los hombres, las asechanzas de la moira que percibe compulsivas. Pero también la necesidad de permanencia, de acceder al conocimiento definitivo, de percibir las cosas en su última realidad. Se orienta entonces a la responsabilidad de asumir su "nombre de muerto", las existencias ajenas que lo precedieron y atraviesan su alma con las flechas ardientes del recuerdo. En su homenaje, abunda en referencias personales y literarias, alusiones constantes a las sombras que se yerguen como báculos en su descenso a los infiernos. Un infierno que, curiosamente, parece partir desde la tierra y extenderse no hacia abajo sino a lo alto, a un cielo estremecido por relámpagos, restallante de lluvias, donde danzan lunas espectrales. Donde Dios calla.

El silencio de Dios es la "noche oscura" donde el poeta zozobra en una extraña acidia, una parálisis de volición hecha de dudas y carencia de sentido. Al silencio de Dios sólo atina a oponerle el silencio del hombre. Arde en sus labios el silencio, ahora que ha llegado al poso de su angustia.

El hechizo y la clausura

Finalmente, el hechizo se rompe porque "Dios espera nuestra voz, cegado por nuestra mudez". Y pregunta, porque "preguntar es la plegaria del pensamiento". Y aguarda la respuesta con "ardiente paciencia".

La Memoria de Laquesis, y los poemas que componen su obra inédita "Claroscuro", que comienza clara y despejada, se va adensando, intrincada como selva sin hollar. Los temas se superponen y entrecruzan, quebrantando el discurrir lineal. Los símbolos duplican sus sentidos, los ritmos se entrecortan, se fractura el significado. El poeta ha dado su canto a "escombros y mortajas y muertos" y espera. Espera con paciencia una señal que lo libere del odio, del deseo, de los yermos interrogantes. Espera quizá la "consumación de los límites" en la sombra que cobija todos los nombres; todos los sueños de la vida. Espera mientras persiste la memoria y su mísera gloria, la terca, desolada memoria que trae a la conciencia guijarros de otrora.

Oscar Portela, "el pasajero del hombre" cesa de luchar, dejando caer sus viejas vestiduras. Regresa de todos los cementerios "con rosas crecidas en la lengua". Vuelve, dueño de un sentido nuevo, transformador de vidas, que le permite ver dentro de sí el cielo estrellado. Habla entonces y su voz, hace suyos los nombres de la vida: palmeras que baten los cielos, zumbidos del deseo, rumores del cuerpo, sueños que el viento propala, palomas que enlazan amores. Habla y asume su nombre de poeta. Habla y redime los coros de los muertos: "escriba soy de muertos jeroglíficos".

Implora el auxilio del Ángel en la ardua tarea de ser poeta. Porque áspera y pesada es la carga de fabricar la utopía que consolará al débil, de urdir los sueños que acunaran al hermano, de calmar la sed del buscador del infinito, de tomar las muertes y germinarlas en vida. La escritura exorcizará los demonios de la duda, la soledad, la violencia, la locura.

Escribir no será nunca más callar sino decir a viva voz el nombre único, sin segundo. Portela, alquimista poético, realiza así las "bodas de las aguas y el fuego".

La vida no tiene clausura; por esencia es lo que Jaspers llama "lo abierto". Los ciclos de la vida, justamente con el ciclo de muerte, se suceden en rodar incesante, en el "eterno retorno" de corte nietzscheano. Una etapa conlleva los gérmenes de la siguiente; en el mediodía asoma la noche." La Memoria de Laquesis" y los últimos poemas, cierra un ciclo extenso y doliente. El poeta ha transitado el camino del héroe, que desciende al erebo para renacer como amo de una nueva conciencia, después de haber percibido por un instante la fusión de los opuestos. Con verbo arrasador nos ha estregado el relato de esa peregrinación.

Hemos recibido deslumbrados su confesión, hecha con la tierra del paisaje, con el fuego del espíritu, con palabras dóciles al tiempo y, paradojalmente, siervas de lo atemporal. Palabras acuales y evocativas donde han dejado su huella la filosofía y el Sturm and Drang, el surrealismo y la postmodernidad. Lenguaje de tensa vigilia que espiga en el suelo natal y en hondas vivencias donde conviven, entre intersticios y quebraduras, el lobo del infortunio y el cordero de la experiencia numinosa. Lenguaje que brota fogoso, indominable, o que se desliza como arroyo manso. Escritura que, como lanzadera, va de lo universal al pormenor y desde el detalle fáctico a la máxima abstracción.

Poema del solitario, del vidente, "La Memoria de Laquesis" - entre otras- suma su calidad a las obras anteriores de Oscar Portela, confiriéndole un lugar privilegiado en el panorama de la poesía actual.

Bs. As., diciembre de1999


CLAROSCURO, UNA BIOGRAFÍA POÉTICA
por Leonor Calvera

Está fuera de toda duda que la nuestra es una época de grandes cambios, de profundas transformaciones. Los adelantos tecnológicos durante el siglo pasado fueron asombrosos -o, como diría Ortega y Gasset, estupefacientes-: pasamos de la luz de gas a las comunicaciones transnacionales, de un modo de producción artesanal a los inmensos complejos industriales. La desintegración del átomo y sus múltiples aplicaciones -desde lo bélico a la medicina-; la invención de nuevos materiales como la fibra óptica; la reducción en el espacio de almacenamiento de las informaciones que resultaron chips que contienen millones de datos; la investigación espacial que permite escudriñar el paso de estrellas muertas hace miles de años; el desciframiento de la mayoría del genoma humano y las experiencias de trasplantes de órganos e incorporación de partes metálicas para suplantar órganos o mejorarlos; el contacto on line entre países muy distantes en la geografía… la lista de avances cibernéticos queda así sólo esbozada y, con seguridad, en este mismo instante está siendo aumentada con nuevos y más complejos y eficaces descubrimientos.

El progreso de la ciencia y técnica es extraordinario, pero ¿qué sucede con la mente humana, con el corazón? ¿Qué ocurre con sus valores morales, con su desarrollo interior? Aquí la admiración se vuelve horror: guerras cada vez mayores, conflictos, masas hambrientas en el mundo entero, revoluciones, nuevas pestes agregadas a antiguas enfermedades, falta de solidaridad, de justicia, de humanidad, de amor. Tenemos entonces un universo en profundo desequilibrio: adelantos que nos instalan cómodamente en este siglo XXI, acompañados de sentimientos y emociones que nos devuelven a la competencia, la rapiña, la codicia y el individualismo feroz de los tiempos paleolíticos. Este mundo asimétrico, fantástico y mortal, ¿qué lugar le reserva a los seres sensibles, a los creadores, al poeta?

Lejos estamos de la consideración que se dispensaba a los poetas en la Grecia clásica y mucho más lejos del alto grado espiritual que le reconocían los druidas. Nuestra cultura los sitúa en un lugar que, en el mejor de los casos, es el de una figura decorativa y, en el peor, un marginado. Por ello, la expresión del poeta verdadero será siempre agónica, siempre turbulenta, al recordar a esa sociedad que lo deja en sus orillas que sus búsquedas son, en definitiva, las que realmente importan, las que tienen que ver con los hondones del ser. Este es el caso de Oscar Portela. Su derrotero comienza con Senderos en el bosque, un poemario publicado en Buenos Aires en 1977 y continuado después con más de una docena de libros. A lo largo de todos ellos, se pueden discernir no sólo las distintas etapas de una búsqueda ontológica sino el trazado de su propia biografía. En una entrevista que recientemente le realizara el Grupo Némesis, el propio Oscar dijo que su obra “está atada no a la búsqueda estética sino al modo de relacionar el interminable duelo de lo vivido.” Sin embargo, no se trata de una biografía anecdótica sino que está llevada en clave de trascendencia, de sublimación.

En la primera etapa encontramos a un poeta exaltado, embriagado con las posibilidades de superación humana: en ese momento su cosmovisión se acerca a la del superhombre de Nietzsche. Las ideas del filósofo alemán, junto con las de Heidegger, lo nutrirán por largo tiempo y, más tarde, abrevará en Deleuze, Bataille, Derrida. Vale decir, sus indagaciones se orientan hacia el lenguaje, el erotismo, el sentido último de la existencia. Este es el tono que se va a reflejar, entre otros, en Auto de fe o Revocatoria, en Una ardiente paciencia, en Golpe de gracia. Claroscuro es, en cierto modo, una suma de toda su trayectoria. Portela lo definió como “la continuación, la deriva y la sombra de La memoria de Láquesis.” El título mismo nos instala en su atmósfera, una atmósfera donde fuerzas opuestas luchan sin prevalecer; como en Rembrandt, el gran maestro holandés, luz y sombra se contrabalancean y sostienen. Una y otra no tienen otra fuente que el propio existir: de cada ser brota la luz como relámpago de deseo, como belleza, como proyección de un sentimiento o la sombra como decrepitud, soledad, desesperación. Cada aspecto contiene a su opuesto: la sombra puede ser un refugio acogedor y la luz, el sol que crucifica los sueños y ciega los ojos. La oscuridad puede ser creativa y la luz, destrucción.

Esa dualidad toma la forma del “yo” y el “otro” en los primeros poemas. El “yo” es aquel que hizo de su “osadía / la escalera que conduce al empíreo”. El “otro” es aquel que tributa a “una sombra”, ese otro que, al decir de Antonio Machado, es “el complementario, / ese que marcha contigo / y suele ser tu contrario”. El yo y su complementario entablan un combate que adquiere aspectos contrastados: como lucha del bien y el mal, como azul de la infancia y huevo de la serpiente, como oro del paraíso perdido y detritus del infierno terrenal. Y, sobre todo, como memoria y olvido, como esfuerzo por recuperar lo que fue y ya no es. Una y otra vez aparecen las remembranzas sobre el cuerpo que los años transforman, sobre el amor extinguido, sobre las cosas que se perdieron. Es el “desierto”, un desierto de pruebas, de tentaciones y también el desierto de la razón librada a sí misma. La mirada se vuelve entonces al abismo mayor: la muerte. El que “dominó la muerte” ahora clama por la noche, es la noche para ese corazón colmado de preguntas “que al viento y al sol me había prometido”. Es el claroscuro en que “la sangre coagulada” vuelve a sus orígenes, en que el poeta solitario espera que la madre regrese “en luminosas mañanas” para rescatarlo del desierto de la vida desgranada con daños y mermas. ¿Por qué vivir, por qué luchar? En este punto, Portela entabla un verdadero diálogo con aquellos que partieron: a ellos les dedica muchos de sus poemas, a ellos se dirige en sus interrogantes cruciales. “Y esperamos la muerte, / ahora que dialogamos / asiduamente con la muerte / llevando la corona de los muertos.”

En un tema caro al espíritu medieval, vida y muerte se le revelan como sueños, como imposturas: “Quédate entre los muertos alma / que muerta estás” porque somos un “teatro de sombras / del cual estamos hechos, nosotros, / marionetas, que con la pasión del absoluto jugamos / a desecar el mar”. Movido por la vida, quebrado por las muertes reales y simbólicas, el poeta busca encontrar el sentido último de sus desvelamientos, de su soledad, de sus pequeñas dichas, de su desierto. Su instrumento es la palabra y ésta suele ser moneda falsa, ambiguas denotaciones que flotan sobre hechos inciertos, que no dicen el nombre verdadero. Aun sabiendo la precariedad de este refugio, Portela busca en él su morada; allí deja caer sus velos, se expone, muestra sus llagas, sus vacíos, se despoja de toda máscara que pudiera tener adherida a su piel, de todo artificio o tatuaje y, al hacerlo, va encontrando una realidad más firme que la vivida, más fuerte que la destrucción. Del poso de la duda y la angustia ha surgido el canto que religa al hombre con los dioses, “el canto humano y celestial, / demoníaco o santo”. En posesión de la palabra salvadora podrá enfrentar la nada y remontar los tiempos hasta las aguas primordiales, anteriores al caos y la noche, “las tinieblas más profundas” y el “alba primera”; allí donde resplandece la belleza de Satán, donde no hay voz ni tiempo, donde se celebran las nupcias infinitas de los contrarios en la espiral continua de muertes y vidas.

Dice el poeta en “Bodas de luz”: “Un día temprano, súbitamente / florecí con la luz / ese día la luz nació y se hizo carne, se hizo voz, / se hizo huella”. Las palabras del canto le permiten a Oscar Portela tejer –tejerse- una nueva piel, una piel donde no se anuló el pasado sino que se ha convertido en un cuerpo más pleno, un cuerpo que rezuma fe en la conjunción de sagrado y profano. Un cuerpo de palabras que nos maravilla. Palabras del artificio para captar la revelación. Lenguaje con acentos de Rilke o de Novalis pero con el fuego que brota de una percepción única. Por momentos abrupto, con grietas por donde se deslizan los sentidos y la razón en un orden rebelde a la lógica, el habla de Oscar Portela nos sacude con la imprevisible concisión de los poemas zen. Fluido, transparente, cálido, nada en este lenguaje puede ser alterado sin que se desmorone la estructura que lo sostiene y que, como en la pintura impresionista, nos conecta con varias realidades a la vez, con el mundo de los opuestos y con lo invisible que le da sentido.

Dueño de la palabra que crea, Portela remonta los ríos de la sangre para cancelarse y “aceptar lo que fue cancelado” si bien tiene la certeza que “el aliento de lo indecible continúa tras los /cansados pasos” de la sombra que es, esa sombra que “se consumará” en el nombre del padre. Porque en el adviento del nuevo nacimiento aprenderá a “transfigurar la muerte… para mudar el alma / las miradas del alma / y el cuerpo de la vida.” Del mismo modo, como hijo de la tierra que ama, se refiere con dolor, con pasión al estado en que se encuentra el país; no obstante, su mirada se carga de esperanza en el llamado admonitor a su patria; “Argentina, ¡despierta! / tus raíces aún viven, / no las disperse el viento / ni diásporas de frío.”

Vuelta a los orígenes biológicos en el rescate de las figuras parentales; vuelta a las raíces que hicieron grande a la patria en el mensaje con que la exhorta a salir del marasmo que la tiene postrada. En ambos casos, la memoria como cimiento para la construcción del futuro, pero una memoria amplia y comprensiva, que perdona sin ceder lugares al olvido. Esa memoria fuerte es la que queremos para todos. Esa memoria es la que queremos para la obra de Oscar Portela, nuestro correntino universal.

 

JoLDaN Home Page

PoeSite