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Poesía
  1. Un extraño mundo
  2. La tierra, verde todavía
  3. La tinta en las olas
  4. Ella canta
  5. Silenciosas mariposas blancas
  6. Desnuda ciudad
  7. Tarde de lluvia
Artículos | Ensayos
  1. Borges y la Argentina



Daniel Alejandro Gómez

| el autor |




Un extraño mundo

El sueño de la luna se derrama sobre un río blanco.
El cielo está muerto y negro, y tiene ramo de estrellas.
El césped canta el viento de la colina, viento verde.
El sol pronto soplará su fuego: el narciso roba los lirios.
Y la música de la aurora pulsa gorjeos bellos y rosados.
Oh, debo amarlo todo; cuando la amarga pena domina
mi sensible intelecto. Cuando la bilis brota de mi sangre,
la oscura sombra corta las delicadas rosas amarillas.
Mi acritud vuelve de sal el dulce vidrio del fluyente río,
y el césped encrespado de cardos, que su brisa manchan.
Debo amarlo todo, pues, pese a mis pequeños
infortunios, que mi vanidad convierte en desgracias.
No puedo permitirme desagradecer la roja gota del clavel
que ahora la mañana hace llorar en tierna miel dorada:
No puedo permitir no amar. No puedo permitírmelo.
En mis momentos de debilidad, la mañana cubre
mis poemas en blanco. El suave rayo teje palabras
de cósmicas honduras. Es la mañana la que habla.
Pero ella no usa palabras, solo tañe mi lira sin cuerdas.
¡No puedo permitirme escribir su mistérico canto!
Quien lo escuche, sin embargo, estará conmigo.



La tierra, verde todavía

Yo que he visto la ancha tierra,
verde todavía;
y el barro en el agua provinciana.
Supe de los nidos, del sutil blanco
de la noche, hija de la estrella.
Tuve el aljibe en el patio del colegio
y el recreo doblando su campana...
Soy el hijo del viento de Santa Rosa,
del caballo llaneando en el polvo,
declarando la sandía; y el pescado
robado de las ricas arenas del Plata.
Y heredé las guitarreadas charlas,
la malicia cortés de un pasado
legendario.

Mi carne es el barro,
mi sangre la lluvia;
mis ojos
son las claras
estrellas suburbanas.
Yo, que he visto
la ancha tierra,
verde todavía.
Puedo ver
mi alma.



La tinta en las olas

Cantan las brisas de sal,
escucho el acento azul de las olas.
La lejanía roba mi mirada
en un cosmos de rubíes aurorales;
cuando las venas de las malvas sangran
en nubes y soles.
Y la gaviota dibuja blancas flechas
en el cielo.
Mis manos se hunden en la espuma,
burbujas de arena y de oleaje.
Mis palabras besan el lejano horizonte.
El rostro, ya en el espejo del agua,
es llevado mar adentro.
El brillo del pez se bañará en él.
La huella de estos pies queda en la marea;
lleva también la espuma de la orilla;
como arenas de leche
o guijarros de marfil.
Cantan las brisas de sal.
Melodiosa poesía que sabe a caracola;
a algas, yodo, soledad y amor.
La voz se ahoga. Quedo sin palabras
y extiendo mis papeles en el agua,
cual neptúnica ofrenda.
Y aquella tinta viaja;
escribiendo las letras dulces
en la lejana amargura del viento.

Ella canta

Su carne llora,
boceta las notas que queman
el rojo amor, pintado entre sus venas.
El dulce acento, su frase de trinos,
vierten las musas sobre mis oídos.
El sol escucha sus doradas vocales;
los lúbricos vibrados de su voz
tañen invisibles arpas de silencios míos.
Cálidas lágrimas en mis ojos.
Ríe mientras canta; blanquea su música
bajo el pálido dibujo de sus dientes.
Su cuerpo es fuego:
Mis besos son leños, mi silencio hielo:
Ella canta, y me derrito como la nieve
que el sol hace abdicar hacia los lejanos ríos.
Dirige los pájaros, las brisas canoras,
las arias burbujeantes del arroyo, las altivas
montañas que respiran robledos y pinares.
Su llanto muerde al final de las frases;
se espira en dolores que duelen al jilguero;
al canario, al zorzal; a mí, silenciosamente,
a mí.
Veo descender la atenuada luz del crepúsculo:
La sangre de los cielos en su bella desnudez.
Y los ríos hacen temblar a su arte
en las ondas escarlatas. Y de su cantar
las aguas son besadas;
pues mi rostro está en ellas.
Su carne expira lágrimas hacia las lentas ondas,
que beben mi cuerpo en la cárcel de su voz.



Silenciosas mariposas blancas

Mariposas blancas salen de tus sonrisas,
cuando en la noche disfrutas desnuda,
con la geograf&iactue;a de la luna en tu luz,
con las estrellas bañando tu mirada.
Pero no me hablas por la mañana:
eres críptica y misteriosa, como las noches,
donde los árboles duermen y cantan
sus liras en tu cuerpo, nítido
y reticente de vestido y de pudor.
La noche nos ama en silencio,
nosotros amamos a la noche, calladamente.
Mariposas blancas salen de tus sonrisas.
En tus dedos tienes mi carne ardiente,
y en mi sangre palpitan las naranjas de tu piel,
y en mis labios tengo tu sabor de coral;
el color crepúsculo de tus besos, secos de verbo.
Somos cuerpos que conversan en la noche;
hablamos horas, en el susurro de los sexos.
Pero la mañana duele, cuando te vas.
Ahora, de tu mudez, revelo mi pluma; hago
crear palabras que me crean a mí mismo.
Yo quisiera que estuvieras en ellas,
como la noche que cesa tus vestidos;
y la luna y mis manos pueden tocarte,
pero mis poemas te tocan en el alba.



Desnuda ciudad

Las luces civiles, perros de ojos tristes
que lamen mi tristeza, canción
de nubes llorando ceniza, música
de lejanas praderas, gatos que miran
con miel untada de polvo. Te busco
cuando me busco. Te pierdo
cuando me encuentro. Canción
de calles solitarias, de voces neumónicas,
de labios que mendigan todos los besos
que los otros labios dejan de besar.
Rayaduras de cemento, respiración de metal,
tintineo de adoquines bajo mis zapatos.
Bailo con tu sombra hacia las sombras
que han meditado en mi pluma. Bailo
sombras, sonrío luces. Y mis ojos
duelen a gotas...
Canto de pueblos
que caminan cada cual en cada vereda;
gorrión que agita sus alas de jaula,
que te palpa los dientes dorados.
Él derrama nuestros bares
en la ansiosa memoria de la poesía.
Tienes todavía tu catártica piel de leche;
donde la luna se acuesta a dormir,
y mi cuerpo todavía está quemándose,
y mis silencios siguen callándonos.
Donde mis manos te han recorrido...

A ti: universo



Tarde de lluvia

Suspiro de cenizas.
Tarde;
la blanda llovizna
sangrando las tierras polutas.
Nubes de sucias manos
absolvieron el rosado del crepúsculo.
Avanzan turbias las horas,
con relojes manchados que cuentan
a la noche irrevocable.
Se tiende al césped
el tizne goteado de la tarde;
abdicada en las veredas
la hojarasca bronceada y senil.
Y ya no está
la vergüenza pesarosa del ocaso;
o el amarillo, cesado
por la pálida magia de algún relámpago.
Llueve sobre la luz del día;
el árbol de pluviosa corteza,
el tallo libido de la curva rosa;
polvareda líquida del suelo,
gorrión de alas empapadas
(extinta su altanera ansiedad).
Y la floresta suda sus colores
en las grávidas aguas, en el cielo
que exclama lo triste de la belleza.
Claveles hay que lloran vino;
y los pétalos de luna brotan
la blancura de un jazmín.
Pues las horas
vienen, lentas, por la plaza;
por el sendero con luz de vidrio,
en el musgoso tatuaje de la fuente,
en los intensos canteros de azahar;
mustios ancianos, sobre los bancos
donde la muerte los buscará;
y la húmeda musa de la piedra
tiene un plácido sigilo de estatua.
O acaso vienen
a mis ojos que añoran
el cielo; ebrio de gorrión,
y de nubes límpidas y secas.
Pues la lluvia ahora es una noche;
que en un sueño se me va muriendo.

Daniel Alejandro Gómez
arboces@yahoo.com.ar joldan


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